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Competencia lingüística en la senectud

Deterioro cerebral y lenguaje

CHANGING MINDS
HOW AGING AFFECTS LANGUAGE AND HOW LANGUAGE AFFECTS AGING
Roger Kreuz y Richard Roberts
The MIT Press, Cambridge, Massachusetts, 2019

Lo tenemos en la punta de la lengua, pero no nos viene la palabra, aunque sea el nombre de una persona con quien hemos compartido años de colaboración. ¿Fruto inexorable de la edad? No lo creen así Roger Kreuz y Richard Roberts, autores de Changing minds, cuya tesis central se resume en el subtítulo: una simetría entre la influencia del envejecimiento en el lenguaje y del lenguaje en el envejecimiento. El lenguaje es nuestro compañero inseparable de viaje. Lo adquirimos sin esfuerzo en la infancia, lo estudiamos con rigor en la enseñanza, cuando comenzamos a leer y a escribir, para corregir deficiencias y aprender la gramática y el arte de la escritura. Enriquecemos el vocabulario. Con las lecturas y formación posterior vamos dominando sus estructuras habladas y escritas.

Comparado con otros dominios de la cognición, el lenguaje muestra suficiente tenacidad a través de los procesos de envejecimiento. De hecho, algunos aspectos lingüísticos pueden incluso florecer a medida que nos hacemos mayores. Es famosa la competición entre jubilados y alumnos de la Universidad Loyola, en Chicago, porque los mayores ganaron por la friolera de 5000 palabras. Leer, escribir y conversar repercuten, a su vez, en el envejecimiento. La investigación demuestra que, pese a la edad, se mantienen los procesos semánticos.

Envejecer es inevitable. A lo largo de la historia, el ser humano ha intentado detener el proceso, o al menos enlentecer su paso irremisible, con métodos criminales, como el baño en la sangre de jóvenes vírgenes sacrificadas; o pacíficos, como la preparación alquimista del elixir de la eterna juventud. Hoy, el proceso de envejecer constituye uno de los misterios centrales de la biología, desde una perspectiva evolutiva (¿por qué envejecemos?) y desde una perspectiva funcional (¿có­mo envejecemos?). En última instancia, el envejecimiento no es más que el fracaso de un sistema integrado que busca el equilibrio entre supervivencia y reproducción. Los recursos disponibles sirven para la supervivencia o para la reproducción, ambas necesarias para la propagación de la especie. Ocurre que la senescencia debilita las conexiones entre representaciones lingüísticas, reduciendo la transmisión de una excitación a otra. La estructura de los sistemas de representación para la fonología y ortografía de las palabras los convierte en vulnerables a los déficits de transmisión, dificultando la recuperación.

La investigación básica en biología del envejecimiento ha cobrado un impulso notable en el último decenio, hasta el punto de conformar una nueva disciplina, la gerociencia. Nos ha demostrado, entre otros avances, que el envejecimiento biológico es modificable, y ha aportado medios tangibles para potenciar una senectud sana. Los aparentes cambios en la capacidad lingüística de la persona de edad avanzada están producidos por declives en otros procesos cognitivos, en concreto, en la memoria y la percepción. Dado que ese deterioro no aparece por ninguna muerte celular en masa, deberá obedecer a cambios más sutiles.

El envejecimiento normal va asociado a la pérdida de la función cognitiva y esta, a su vez, a la merma de redes neuronales. Las regiones del cerebro responsables del aprendizaje y la memoria (la corteza prefrontal y el hipocampo) son, a este respecto, particularmente vulnerables. En contraste con las enfermedades neurológicas relacionadas con la edad (el alzhéimer, por ejemplo), que se acompañan de una muerte celular extensa y alteraciones neuropatológias características, observamos que los cambios anatómicos que coinciden con el declive cognitivo unidos al envejecimiento son mucho más sutiles. Dentro del hipocampo, el envejecimiento no se encuentra asociado a la pérdida de un número significativo de células. Se ha demostrado que la cifra de sinapsis se mantiene en la región CA1 del hipocampo de ratas ancianas con un aprendizaje espacial deteriorado. Por el contrario, en la región CA3 del hipocampo­ y regiones del giro dentado, se advierte una disminu­ción del número de sinapsis. En la región CA1 del hipocampo, la potenciación a largo plazo requiere una estimulación más potente para la inducción en ratas y ratones de edad avanzada; asimismo, prevalece más la depresión. El deterioro, asociado a la edad, de la homeostasis postsináptica del calcio pudiera estar detrás de esos efectos.

En un estudio publicado en 2019 en Aging Cell, David Pereda y sus colaboradores se propusieron desentrañar qué sucedía a nivel de neuronas individuales. Crearon ratones transgénicos que expresaban un sensor de calcio específicamente en los terminales presinápticos de la región CA1 del hipocampo. De esa manera, los autores podían medir la alteración de la señal de calcio que acontecía con la edad. Los animales más viejos mostraban un mayor aflujo de calcio a las neuronas y su concentración de calcio en las neuronas en reposo se incrementaba de forma persistente. Aumentar los niveles de calcio implicaba modificar las propiedades de las neuronas más jóvenes para asimilarlas a las más antiguas. Dicho de otro modo, un calcio elevado alteraba la transmisión neuronal, con una pérdida paralela de la función cognitiva en los animales.

La naturaleza y la causa de los fallos en la recuperación de palabras constituye un área central en la investigación sobre el envejecimiento humano, porque dificultan la comunicación y debilitan la evaluación de la competencia lingüística. Esa consciencia retrae a los afectados de la interacción social. La capacidad de lenguaje es como un resorte que conforma nuestra vida; de ahí el interés en mantenerla y enriquecerla. Cuando aprendemos una nueva lengua a edad avanzada, estamos exponiendo a nuestro cerebro a una tarea valiosa, la cual le ayudará a funcionar mejor. Si se es proclive a sufrir alzhéimer, el aprendizaje de una segunda lengua ayuda a retrasar, varios años, la enfermedad. Asimismo se reduce el riesgo de demencia si se registran periódicamente pensamientos y experiencias en un diario. Según un estudio de la Universidad Yale, la persona que lee novelas durante 30 minutos al día vivirá, en promedio, dos años más que las que no lo hagan. Al mantener nuestra imaginación activa, mantenemos también activo el cerebro, concluía el trabajo. En cambio, la soledad aumenta el riesgo de demencia. Por esa razón, establecer­ contacto con amigos y familia a través de correspondencia, mensajes y conversaciones rebaja las posibilida­des de caer en semejante trastorno. A los 79 años, publicó Margaret Atwood su última novela, Los testamentos. A los 84, Toni Morrison escribió La noche de los niños.

La gerociencia ha descubierto numerosos factores que guardan correlación con un elevado nivel de mantenimiento cognitivo, que se reducen a dos principales: ocupación intelectual y participación en actividades físicas placenteras. Tan eficaces que ayudan, asimismo, en otras causas de demencia senil.

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