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El impacto del aprendizaje musical en el cerebro

La mayoría de las áreas cerebrales, tanto las corticales como las subcorticales, participan en el aprendizaje musical. Ello repercute en las diversas funciones cognitivas que soportan estas regiones, sobre todo, en el lenguaje oral.

Getty Images/lostinbids/iStock

En síntesis

La música favorece la neuroplasticidad, sobre todo durante la infancia. Los ­niños que reciben clases de música se muestran más diestros en el aprendizaje del lenguaje, la lectura y las actividades ­visuoespaciales.

También mejora diversas funciones cognitivas, como la atención, la memoria y las funciones ejecutivas. De esta manera, modifica la estructura cerebral.

Pero, según se ha visto, no es suficiente con aprender música para beneficiarse de sus efectos en las funciones ejecutivas: se debe continuar practicando a lo largo de la vida.

Nos quedaríamos sorprendidos si durante unos instantes nos detuviéramos a analizar las tareas que efectúa un niño mientras aprende a tocar el piano: asimila la interpretación de dos códigos escritos en una partitura musical (clave de sol, para la mano derecha, y de fa en cuarta, para la mano izquierda), aprende a traducirlos a movimientos de los dedos de ambas manos con una determinada duración temporal, ensaya la expresividad (emoción) y memoriza los pasajes que ya ha interpretado para enlazarlos correctamente con los siguientes y que la melodía suene bien. En definitiva, lleva a cabo una serie de actividades visuales, cognitivas, motoras y emocionales que requieren gran atención, disciplina y constancia.

A nivel cerebral actúa el lóbulo frontal, que interviene en la atención, la planificación de la actividad motora, la integración de la información auditiva y motora, la imitación y la empatía. También se activa el lóbulo temporal, que se relaciona con el proceso de decodificación de la información sonora-musical, la memoria y la expresividad emocional. El lóbulo parietal entra asimismo en acción, pues procesa los aspectos somatosensoriales y espaciales y se encarga de la integración sensorial. Finalmente, el lóbulo occipital interviene sobre todo en los aspectos visuales (la lectura de la partitura, por ejemplo).

Las horas que se dedican a esas tareas y, con ello, la activación repetida y continua de miles de millones de neuronas, moldean la estructura cerebral: modifican las espinas dendríticas y el volumen de la materia gris y blanca de las áreas más activas. Las cortezas auditiva y motora, el cerebelo y el cuerpo calloso son algunas de las áreas cerebrales que presentan cambios, constató en 1995 un grupo dirigido por Gottfried Schlaug, por entonces en la Universidad Heinrich Heine.

Con todo, lo que quizá resulta más llamativo es que también actúa en áreas cerebrales que no se hallan directamente relacionadas con el procesamiento musical (entre ellos, el giro frontal inferior). Esas modificaciones son más acusadas cuando más temprano es el inicio del aprendizaje, antes de los 7 años, y cuantas más horas se dedican a ese arte. Pero vayamos por pasos.

En su globalidad, el aprendizaje de la música es tan impactante para el cerebro que sus efectos perduran incluso en estado de reposo. En 2012, Cheng Luo, de la Universidad de Ciencia Electrónica y Tecnología de China, junto con otros investigadores, observó que aumentaba la conectividad entre diversas áreas motoras y multisensoriales. Ello sugiere una mejora del procesamiento cerebral en su conjunto. Pero ¿hasta qué punto pueden transferirse las habilidades que se ejercitan en la música hacia otras capacidades cognitivas? Numerosos estudios han comparado el cerebro de músicos con el de personas sin esos conocimientos. Según han hallado, la música y el lenguaje oral comparten recursos cerebrales, por lo que potenciar el aprendizaje de la primera podría aportar beneficios al segundo.

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