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El papel de la microbiota en las adicciones

El intestino y las bacterias que en él residen pueden influir en la drogadicción. Ello supone un punto de partida para nuevos tratamientos.

Getty Images / Vonschonertagen / iStock

En síntesis

La adicción se origina en el cerebro, pero los resultados de recientes investigaciones revelan que el intestino y los microbios que allí habitan pueden contribuir a sufrirla.

Tanto sustancias producidas en el aparato digestivo, como productos resultantes del metabolismo de los microbios intestinales alteran los efectos de diversas drogas.

Algunos investigadores buscan utilizar de manera terapéutica estos procesos: medicamentos que actúan en el eje intestino-cerebro (como los pre- y probióticos) podrían mejorar el tratamiento de algunas adicciones.

Cada lunes, cuatro nuevos pacientes con alcoholismo ingresan en su habitación en el Hospital Universitario San Lucas, al este de Bruselas. Durante tres semanas, los médicos los acompañan en su desintoxicación mediante terapias psicológicas y farmacológicas. A diferencia de lo que se hace en los típicos programas de deshabituación, el personal clínico solicitó un análisis coprológico a algunos pacientes, al principio y al final de su estancia. Estas 90 personas formaban parte de un estudio que dirigieron Philippe de Timary y Natalie Delzenne en la Universidad Católica de Lovaina entre 2010 y 2013. Se trataba de demostrar si la microbiota influye en el ansia de consumir alcohol.

Los trastornos de adicción no solo están muy extendidos, sino que con frecuencia son de larga duración y difíciles de tratar. Las sustancias que crean dependencia activan los centros de recompensa del cerebro y estimulan la secreción de neurotransmisores, entre ellos, la dopamina, lo que produce una sensación agradable. El cerebro se acostumbra rápidamente a la recompensa y exige más sustancia. El consumidor se convierte en adicto.

Pero es probable que otro órgano contribuya a que se establezca una adicción, a saber, el intestino y los microbios que lo habitan. En nuestro organismo viven miles de millones de bacterias y hongos: en el tubo digestivo, la boca, la vagina y sobre la piel. Estos microorganismos forman comunidades dinámicas. Y, según demuestran cada vez más investigaciones, los microbios de nuestro intestino (microbiota) se encuentran en comunicación con el sistema nervioso central. De hecho, la microbiota ya se ha relacionado con el autismo, el párkinson, la esquizofrenia, la ansiedad y la depresión. Ahora, los científicos estudian con más detenimiento su posible influencia en la adicción. Buscan demostrar que las alteraciones en la microbiota desempeñan una función en las adicciones y que las intervenciones terapéuticas en el intestino podrían ayudar a la deshabituación y rehabilitación de los afectados.

Algunos estudios ya han revelado que la microbiota de las personas sanas y la de las adictas presentan diferencias. En uno de esos trabajos se observó que la microbiota de los fumadores contenía, por término medio, más especies microbianas que la de los no fumadores. En otra investigación, la microbiota de los consumidores de cocaína difería de la de sus congéneres que no tomaban droga. También se ha visto, en ratones, que un día después de administrarles morfina aumentaba en su intestino la presencia de la bacteria Enterococcus faecalis, germen que puede originar una inflamación. En cambio, disminuyó la población de los beneficiosos lactobacilos.

Con todo, hasta ahora, los estudios más abundantes en este contexto se refieren a la influencia del alcohol sobre la microbiota de humanos y animales. En 2017, un equipo formado por investigadores de Estados Unidos e Irlanda constató que el intestino de ratones presentaba menos especies bacterianas después de que inhalaran vapores de etanol durante cuatro semanas. Asimismo, en el estudio llevado a cabo en el Hospital Universitario San Lucas que presentábamos al inicio del artículo, una parte de los pacientes con alcoholismo mostraba alteraciones en la microbiota. Además, su pared intestinal era permeable. Las evaluaciones psicológicas revelaron que, por término medio, padecían una fuerte dependencia al alcohol: después de tres semanas de abstinencia, su necesidad de beber y los síntomas de depresión y de ansiedad eran más graves que los de otros pacientes alcohólicos.

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