Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarte el uso de la web mediante el análisis de tus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúas navegando, consideramos que aceptas nuestra Política de cookies .

Repertorio conductual

Emergencia a través del curso evolutivo.

THE DEEP HISTORY OF OURSELVES
THE FOUR-BILLION-YEAR STORY OF HOW WE GOT CONSCIOUS BRAINS
Joseph LeDoux
Viking, Nueva York, 2019

Catedrático de la Universidad de Nueva York, autor de libros clásicos en neurociencia (Synaptic self y El cerebro emocional, entre otros), Joseph LeDoux fue en la década de los setenta alumno de Michael Gazzaniga, quien en los sesenta lo había sido de Roger Sperry, forjando así una escuela de neurociencia con particular énfasis en la relación interhemisférica y sus efectos sobre el lenguaje, el pensamiento y la consciencia. En The deep history of ourselves, se ocupa de las bases biológicas, no solo cerebrales, del comportamiento. En efecto, los microorganismos unicelulares, antepasados de las bacterias con las que compartimos el planeta, tenían que realizar, para sobrevivir, muchos de nuestros propios actos: esquivar el peligro, acopiar nutrientes, mantener fluidos, equilibrar la temperatura y reproducirse. Los protozoos, al ser organismos unice­lulares, carecen de sistema nervioso, que requeriría células especiales, las neuronas. Surgieron hace dos mil millones de años a partir de las bacterias, que aparecieron hace unos 3500 millones de años. El libro acompaña a los organismos que, en el curso de la evolución ulterior, fueron satisfaciendo esas mismas necesidades. Pero las semejanzas solo cobran sentido en términos de diferencias. Y lo que distingue a los humanos es el lenguaje, la cultura y las capacidades de pensar, razonar y reflexionar sobre lo que somos.

Hay en el libro un hilo conductor: el árbol de la vida cuyas propiedades se van desarrollando, desde las habilidades de los microorganismos primigenios hasta las facultades cognitivas, exclusivas del ser humano, que nos permiten contemplar nuestro pasado y futuro personal y el de nuestra especie. Agrupa los capítulos por temas para que el lector pueda pautar la elección de las cuestiones que más le atraigan. Para unos será el origen de la vida y el comportamiento bacteriano o la aparición de la reproducción sexual; para otros, el tránsito de la vida unicelular a la pluricelular o la evolución del sistema nervioso. Habrá quien se detenga en la escala de los seres, en el papel desempeñado por esponjas y medusas en el camino que llega hasta los humanos, o busque comprender la adquisición de la cognición o la emoción. Y si es lector asiduo de Mente y Cerebro, a buen seguro le importará ahondar en las relaciones de la consciencia con el cerebro.

 No es ninguna novedad en biología la observación de interrelación entre comportamiento y evolución. Darwin la subrayó; también la describieron los pioneros de la etología, Niko Tinbergen y Konrad Lorenz. Los conductistas, que dominaron la psicología de la primera mitad del siglo xx, dejaron de lado la perspectiva evolutiva, que volvieron a incorporar los neurocientíficos decenios después, para convertirla en un factor determinante. En el dominio de la neurociencia, el estudio de la evolución del comportamiento se centra en grupos estrechamente emparentados (como los mamíferos y los humanos), por la sencilla razón de que el cerebro controla la conducta. Con relativa frecuencia van apareciendo conexiones entre comportamientos de especies diferentes. Se sabía, por ejemplo, que delfines, chimpancés y cuervos recurren a herramientas para acometer determinadas tareas. A comienzos de otoño de 2019, se sumó a ese club cierta raza de cerdo, Sus cebifrons, de las islas Bisayas, que utiliza trozos de corteza como palas para limpiar su pocilga. Pero podemos ir más lejos y ver las raíces de esas mismas conductas en los invertebrados e, incluso, en organismos inferiores.

Al ser humano no le singularizó la adquisición de un cuerpo más vigoroso, más veloz o más alto, sino su inteligencia superior. No se ha limitado a adaptar su constitución a un medio cambiante, antes bien, se ha valido de su capacidad cognitiva para cambiar el medio. Ningún otro animal, ni siquiera los primates más próximos, tiene idea de cómo construir un rascacielos, descubrir la terapia de una enfermedad, componer una ópera, escribir una novela y exponer su contenido a los amigos. No se trata de ser, por nuestra cognición, mejores o peores que nuestros antepasados u otros animales con los que compartimos el planeta. Lisa y llanamente, somos distintos.

Aunque sea única, la cognición humana se edificó con materiales procedentes de capacidades cognitivas que poseían nuestros antepasados mamíferos. ¿En qué consiste? Muy a menudo, la cognición se asocia con el pensamiento, el razonamiento, la planificación, la toma de decisiones y otras capacidades similares. Y, desde los griegos, ha entrado en la definición de nuestra especie. Fue René Descartes, con su dictum famoso de cogito ergo sum, quien igualó cognición a consciencia autorreflexiva, una consciencia interna del yo como parte integral de la experiencia pensante. Para Descartes, la consciencia, exclusiva del hombre, nos separa de los animales, meros mecanismos reflejos. Un par de siglos después, Darwin concedió a los animales pensamiento y emociones, un antropomorfismo que desembocó en el conductismo, doctrina que eliminó la consciencia del mundo orgánico. Los conductistas proponían que los principios de la conducta eran universales: todo lo que se necesita conocer científicamente sobre el comportamiento humano (lenguaje y pensamiento incluidos) puede descubrirse en los animales de laboratorio. Nada importaba de lo que ocurriera en el cerebro. En su apogeo, el filósofo Gilbert Ryle ridiculizó la consciencia como un fantasma en la máquina. Los conductistas llevaron la continuidad conductual hasta el extremo, igualando humanos y animales. A mediados del siglo xx, se abrió paso un nuevo enfoque de la psicología basado en las semejanzas manifiestas entre el pensamiento de los humanos y el procesamiento de la información por los ordenadores. La ciencia cognitiva devolvió la mente a la psicología. La neurología de los setenta la introdujo en el campo de la inquisición científica.

Para LeDoux, la cognición designa los procesos de adquisición de conocimiento mediante representaciones internas de acontecimientos externos y almacenados en la memoria para su utilización ulterior en el pensamiento, la reminiscencia y el comportamiento. Es un producto de la evolución biológica que requiere un procesamiento de información biológica. Pero no todos los ejemplos de dicho procesamiento implican cognición. Hay un proceso de la información inanimado (el que realizan, por ejemplo, el termostato o un ordenador), un procesamiento biológico (de bacterias, plantas, hongos y otros organismos distintos de los animales), un procesamiento neural (específico del tejido nervioso) y un procesamiento de representaciones internas (aves y mamíferos).

A propósito del procesamiento neural, echemos un vistazo al árbol de la vida. En las ramas inferiores nos encontramos con esponjas y placozoos. Las esponjas poseen ocho tipos celulares, ninguno de ellos neural; no tienen cerebro. Los placozoos, por su parte, constan de solo cuatro tipos celulares, ninguno de ellos neural; tampoco tienen cerebro. Sin embargo, esas dos clases de organismos iniciales en la ramificación del árbol de la vida presentan muchos de los genes necesarios para configurar células nerviosas, aunque no los usan con ese fin. Esponjas y placozoos pueden sentir los cambios operados en el entorno y responder a ellos. Las esponjas «estornudan» al sentir las partículas con las que entran en contacto. Los placozoos forrajean en busca de nutrimento y se muestran muy eficientes en ese menester.

Podemos utilizar los insectos como sistemas modelo para descifrar de qué modo la información sensorial procedente del mundo exterior se recoge y se procesa en impulsos nerviosos. Protostomados como la mosca de la fruta (Drosophila melanogaster) comparten muchos de los genes para el procesamiento neural con los deuterostomados; incluso tienen estructuras muy similares, aunque no idénticas, donde las células nerviosas entran en contacto con otras células.

Todos los organismos del phylum Chordata poseen cordón nervioso. Los primeros representantes de este phylum son los urocordados y los cefalocordados. El antecesor de todos los vertebrados tenía un cerebro primitivo sin corteza y un cerebelo rudimentario. El control se ejercía desde el tronco cerebral y el cerebelo, donde se gobiernan las funciones básicas del cuerpo, como el latido cardíaco y la respiración. En el cerebro de esos vertebrados primitivos había también una capacidad básica para responder a los estímulos del entorno: sensación de olores, de visión y sonido. Este antepasado poseía un cerebro reptiliano, sobre el que se superpone el sistema límbico. Y sobre este, la neocorteza. En el antepasado común de aves, reptiles y mamíferos surgió ya el cerebro límbico, y también un primordio de neo­corteza.

Puedes obtener el artículo en...

Los boletines de Investigación y Ciencia

Elige qué contenidos quieres recibir.