Al rojo vivo

Verdades y falacias en torno a la percepción del color carmesí.

CORBIS / DANIEL HEUCLIN

El rojo es potente. Es el color de Cupido y del Diablo, el del amor y el del odio. Nos hace pensar en la furia ciega y en la vergüenza de la Letra escarlata. En China, donde significa suerte, las novias visten de carmesí el día de su boda. En cambio, en algunos lugares de África, el rojo es señal de dolor y luto. En Ámsterdam da nombre a un barrio famoso por su industria del sexo.

Parte del simbolismo que se asocia al rojo se debe a un fundamento biológico. En muchas personas, el sentimiento de ira enciende el rostro al aumentar el flujo de sangre. Un proceso similar activa a otros individuos el rubor facial, sea por vergüenza, pudor o un amoroso arrebol. La visión del rojo también desencadena respuestas sorprendentes. Los conductores que se ven bloqueados en un atasco a causa de un coche rojo reaccionan antes y con mayor agresividad que los que se encuentran atascados por culpa de vehículos de otros colores.

Es posible que el ejemplo más conocido de la potencia de este pigmento proceda de la percepción animal. Desde hace siglos, los toreros citan al toro con un capote rojo. Cuenta la tradición que ese color ayuda a disimular las manchas de sangre. No obstante, puede que tenga otras ventajas. Mientras los humanos somos tricrómatas —nuestro sistema visual dispone de tres tipos de conos retinales sensibles a otras tantas longitudes de onda: larga (rojo), media (verde) y corta (azul)—, los bóvidos son dicrómatas, es decir, cuentan solo con dos tipos de conos.

Se sabe que los bóvidos pueden discriminar el rojo del verde y del azul, pero no el verde y el azul entre sí. Se ha descubierto, además, que estos animales se muestran más activos y excitables con luz roja que con luces verdes o azules. Otro estudio daba cuenta de que si bien los toros bravos pueden arrancar contra toda suerte de objetos en movimiento, el ataque resulta más enérgico cuando se dirige contra colores cálidos, como el rojo.

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