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Descubrimiento de la enfermedad de Alzheimer

El interés por los sufrimientos de una enferma y la convicción de la existencia de causas anatómicas en los trastornos mentales llevó a un médico alemán al hallazgo de este mal devastador.

CORTESIA DE ELI LILLY & CO. / AMERICAN SCIENTIST

Pocas enfermedades son tan devastadoras como la de Alzheimer. La memoria falla continuamente, las tareas complejas se tornan cada vez más difíciles, y situaciones o personas que conocíamos bien se convierten de repente en seres desconocidos o en amenazas. Con los años, las víctimas de este mal pierden prácticamente todas sus facultades y sucumben. No existe todavía curación para el alzheimer, aunque se ha avanzado mucho en el conocimiento y comprensión de los fallos cerebrales consecuentes a la muerte masiva de sus neuronas. Cierto número de descubrimientos de estos últimos años dan aliento a la esperanza de lograr terapias eficaces. Para llegar hasta lo que hoy se sabe, el camino ha sido largo, emprendido hace más de un siglo.

La historia arranca en el otoño de 1901, en la ciudad alemana de Frankfurt, y se centra en dos personas. La primera es Alois Alzheimer, un médico de 37 años de la institución para enfermos mentales de esa ciudad. La segunda es Auguste D., una mujer de poco más de 50 años, recientemente ingresada en la clínica. Auguste D. había comenzado a acusar trastornos de personalidad a comienzos de aquel año. Al principio se trataba de ocasionales fallos de memoria, pero con los meses, se alteró también su conducta. Descuidaba las labores domésticas; cometía errores burdos en la cocina y echaba a perder la comida. Estaba permanentemente inquieta y desazonada, se ponía a caminar a zancadas por su vivienda sin dirección ni propósito, y escondía objetos sin razón aparente. Cada vez mostraba mayor desconcierto y confusión; su comportamiento se hizo paranoide, atemorizada ante personas a quienes conocía bien. En otoño de 1901, la situación se hizo insostenible y su marido la ingresó en una institución mental de Frankfurt.

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