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El necesario escepticismo sobre los escáneres cerebrales

Las reproducciones en color nos han persuadido de que el cerebro funciona como una máquina modular. Tal simplificación es excesiva.
GETTY IMAGES
Desde hace algunos siglos, los científicos, en sus empeños por comprender los orígenes de la increíble capacidad de procesado que se aloja en nuestros cráneos, han recurrido a cierto número de metáforas inspiradas en las tecnologías habituales en su tiempo. En consecuencia, el cerebro ha sido concebido como una máquina hidráulica (siglo xviii), como una calculadora mecánica (s. xix), o como una computadora electrónica (s. xx).
Ahora, en los albores del siglo xxi, se dispone de otra metáfora, inspirada en las posibilidades de la tecnología actual: se trata, esta vez, de pintorescas imágenes procedentes de escáneres del cerebro. En la psicología evolutiva, por ejemplo, el cerebro ha sido conceptualizado como una navaja multiusos, dotado de una colección de módulos especializados que han evolucionado para resolver problemas concretos de nuestra historia evolutiva; entre ellos, el lenguaje, para la comunicación, el reconocimiento facial, para distinguir amigos de enemigos, la detección de tramposos, para poner coto a los "pasotas", la asunción de riesgos, para elevar la probabilidad de éxito individual o grupal, e incluso a Dios para explicar el mundo y hallar felicidad individual en la esperanza de una vida ultraterrena. Muchos neurocientíficos han recurrido a la metáfora modular para describir regiones determinadas del cerebro "correspondientes a X", siendo X cualquier tarea que se le proponga a los probandos mientras una máquina le hace un escáner a sus cerebros. Entre tales tareas podrían contarse la selección de los emblemas comerciales que prefieran (Coca o Pepsi, sea por caso) o de los candidatos políticos a quienes votarían ("conservadores" o "progresistas").

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