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1 de Septiembre de 2009
Sugestión

Milagros para incrédulos

El efecto terapéutico de los placebos se encuentra bien documentado. Más aún. Los pseudomedicamentos pueden producir efecto aun cuando el paciente no crea en ellos.

© fotolia / maxim pimenov

En síntesis

La efectividad de los tratamientos con placebo en distintas enfermedades se halla avalada por numerosos estudios.

Junto a las expectativas positivas, cierto «condicionamiento» contribuye también al efecto placebo; el cuerpo reacciona «automáticamente» ante estímulos (por ejemplo, una inyección) que previamente se han acompañado de efectos positivos.

En los procesos que transcurren inconscientemente, como la respuesta inmunitaria, se supone que el condicionamiento desempeña el papel principal.

El señor Wright padecía un cáncer en fase terminal. Los médicos pensaban que solo quedaba aliviar su sufrimiento en lo posible. No opinaba lo mismo el paciente, quien alimentaba la esperanza desde que había oído hablar de un nuevo medicamento, el Krebiozen, cuya administración solicitó. En 1957, Bruno Klopfer (1900-1971), de la Universidad de California en Los Angeles, presentó la historia clínica de Wright en un artículo titulado «La dimensión de la influencia psicológica en el cáncer».

El señor Wright recibió la primera inyección del fármaco un viernes. El médico que le estaba tratando dejó tras de sí a un hombre jadeante, postrado en la cama y febricitante. Pero el lunes siguiente se paseaba ya alegremente por el hospital en animada charla con las enfermeras. Y lo más sorprendente es que, en ese intervalo de tres días, los tumores se habían reducido a la mitad de su tamaño.

En los dos meses siguientes aparecieron, en los medios de comunicación, informes contradictorios sobre la efectividad del Krebiozen que hicieron dudar muy seriamente al señor Wright sobre la utilidad del fármaco. Sufrió una recaída. Su médico tomó la decisión de mentirle. Le dijo que el preparado caducaba después de cierto tiempo, pero que no tenía que preocuparse porque acababa de recibir un Krebiozen nuevo de eficacia redoblada. El médico le administró a continuación una inyección que no contenía ni una sola molécula del medicamento. A pesar de todo, el paciente se recuperó todavía mejor que la primera vez y los tumores casi desaparecieron.

En su espectacularidad, este caso puso de manifiesto que las expectativas que un paciente depositaba sobre una terapia ejercía una influencia poderosísima: el estado de salud de Wright dependía de su fe en el Krebiozen, cuya efectividad no tardó en desacreditarse (la mera inyección sin fármaco producía un resultado eficaz). Cuando tal acontece, se habla de «efecto placebo», entendido como la capacidad curativa de un agente terapéutico que no produce ningún efecto farmacológico.

Este fenómeno es probablemente tan antiguo como la profesión sanadora. En el siglo XVIII, los médicos recurrían a las píldoras «inertes» cuando no disponían de ningún medicamento apropiado. Suponían que así se producía un fomento del proceso curativo. Desde mediados del siglo XIX se impuso la explicación físico-química de las enfermedades. Con su generalización, desaparecieron del armamentario terapéutico los placebos al doblar el siglo.

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