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1 de Mayo de 2005
Antropología

Una interpretación darwinista del fenómeno religioso

¿Por qué muchas religiones exigen a sus adeptos sacrificios personales del tipo de rezos diarios, castidad, donativos e incluso la plena renuncia a la propiedad? Para algunas antropólogos la razón estribaría en que esas exigencias las hace fuertes.
Con quince años pisé por primera vez el casco antiguo de Jerusalén, la ciudad santa de mi estirpe judía. Visité las ruinas de lo que hace 2000 años fue el "segundo templo", el muro de las lamentaciones. Quizá se despertó entonces el antropólogo que había en mí; en todo caso, me impresionaron mucho más las personas al pie de la muralla que las piedras inertes. Las mujeres, absortas en profunda meditación, estaban de pie bajo un sol abrasador, llevando blusas de manga larga y pesadas faldas que llegaban hasta el suelo. Los hombres, con sus tupidas barbas, sus largos abrigos negros y sus sombreros de fieltro, parecían no sentir el calor del verano. Alababan a Dios, mientras, abnegados, se balanceaban de atrás adelante y viceversa.
Me dirigí a mi acompañante y le pregunté: "¿Por qué un hombre en su sano juicio se viste como si estuviera en pleno invierno para rezar media jornada bajo un sol del desierto?". En aquellos días pensé que no había explicación racional, que aquellos judíos ortodoxos no debían andar en sus cabales.

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