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El habla dubitativa puede ayudar a los niños a... estoo...aprender

Los "rellenos" y las muletillas pueden dirigir la atención de los niños hacia palabras nuevas.
© Dreamstime / Alexander Kharchenko
Nadie desea que sus niños tartamudeen o se enreden con las palabras. Según se ha demostrado, los «rellenos» y muletillas de los padres no son motivo de preocupación ante tal desasosiego. Más aún: las pausas dubitativas, esas interjecciones como «esto...» y «bueno...», que solemos intercalar en el habla, pueden contribuir a la adquisición del lenguaje en los pequeños.
Las dubitaciones del habla o disfluencias tienden a presentarse antes de utilizar una palabra poco habitual en nuestro vocabulario, o alguna expresión que no conocemos bien. También se observan a menudo precediendo a palabras empleadas por primera vez en una conversación. Estas disfluencias mantienen en sintonía a los adultos y les conceden tiempo para procesar las palabras que vendrán a continuación.
Incluso los niños de corta edad pueden diferenciar la fluidez del habla de sus disfluencias, según investigaciones realizadas en la Universidad Brown. Experimentos en la Universidad de Rochester indican que hacia los dos años de edad, los niños asocian las disfluencias que oyen con la posibilidad de que vayan seguidas por palabras nuevas.
En el estudio participaron niños de 16 a 32 meses, sentados en el regazo de sus padres frente a una pantalla de ordenador. La pantalla les mostraba imágenes de pares de objetos, uno de ellos reconocible y familiar (una pelota, por ejemplo), acompañado de otro objeto imaginario, de colorido igualmente llamativo.
La primera vez que se les mostraba uno de esos pares, una voz, desde el ordenador, decía «Yo veo la pelota». La segunda vez expresaba, «¡Ooh! ¡Qué pelota más linda!». En una tercera ocasión se indicaba a los niños que mirasen uno de los objetos del par, usando entonces, para el objeto imaginario, una palabra inventada, por ejemplo, «gopa».
En ese tercer paso, la voz decía unas veces simplemente, «¡Mira! ¡Mira la pelota!». Pero en otras, la frase contenía una disfluencia: «¡Mira! ¡Mira... ooh... la gopa!». Cuando los niños oían la disfluencia prestaban mayor atención al objeto insólito en el intervalo de los dos segundos siguientes antes de que el ordenador concluyese la frase con «pelota» o «gopa». Durante los ensayos con habla fluida, sin rellenos, los jóvenes probandos no mostraban mayor tendencia a fijarse en uno u otro objeto.
Según Celeste Kidd, estudiante de posgrado y coautora del estudio (publicado en línea en Developmental Science en abril de 2011), los resultados llevan a pensar que las disfluencias y los rellenos facilitan a los niños el seguimiento de una conversación. Y añade: «No sabemos si [los niños] razonan sobre las intenciones del hablante, lo que supondría una comprensión muy elevada, o si meramente establecen una asociación entre los rellenos y los objetos cuyo nombre desconocen».
En cualquier caso, los padres no deben temer que sus dudas, rellenos y muletillas resulten perjudiciales para los niños. Aunque parezcan tropiezos en la conversación, constituyen en realidad señales útiles para que los pequeñines puedan «ponerse en onda».

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