La autoría de las neuronas

Antes de realizar un movimiento, sentimos la intención de acometerlo. Los neurocirujanos provocan de forma artificial esa sensación.

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Seguramente le haya recorrido por las mientes alguna vez al lector, de noche y tumbado en la cama, por qué habrá actuado de determinada manera o por qué habrá decidido una alternativa y no otra ante una situación complicada. ¿Qué parte del cerebro —suponiendo que tal responsabilidad sea suya— determina si vamos a obrar de una u otra forma? Una de las respuestas tradicionales afirma que esa tarea es propia del alma, no del cerebro. El alma, a modo de águila fantasmal, se cierne soberana sobre el cerebro, influye y perturba las redes neuronales que este contiene, y desencadena en consecuencia la actividad nerviosa que se traducirá, finalmente, en un comportamiento.

Tales explicaciones dualistas pueden resultar tranquilizantes en el plano emotivo y satisfactorias, pero se vienen abajo en cuanto se indaga algo más a fondo. ¿Cómo podría ese fantasma, esa suerte de ectoplasma metafísico, influir en el cerebro sin ser detectado? ¿A qué leyes se atiene? La ciencia ha abandonado las explicaciones dualistas en favor de descripciones naturales, que asignan causas y responsabilidades a agentes concretos y a mecanismos susceptibles de ulterior estudio. Otro tanto ocurre con la noción de voluntad.

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