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Actualidad científica

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  • Mente y Cerebro
  • Marzo/Abril 2019Nº 95
Caso clínico

Psiquiatría

El adolescente cuyo cerebro se autodestruía

A los 16 años, Norman, preso de las convulsiones, se muestra agresivo y delirante. Su sistema inmunitario está destruyendo las moléculas que transmiten información nerviosa a su cerebro.

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Norman, un adolescente de 16 años, gozaba de una salud perfecta cuatro días antes de ingresar en el Hospital infantil de Aurora, en Colorado. Sufre unos ataques epilépticos caracterizados por una rigidez de todo el cuerpo, seguida de convulsiones. Arde de fiebre. También le cuesta hablar y encontrar las palabras para expresarse. Su cara se deforma en un gesto asimétrico a causa de los espasmos en el lado derecho y a los movimientos masticatorios. Además, se queja de cefalea, pérdida de sensibilidad en el brazo derecho y malestar general. A pesar de todo ello, se encuentra lúcido y no sufre alteraciones sensoriales ni de la consciencia.

La batería de pruebas que se le aplica revela unos reflejos tendinosos hiperactivos y una actividad cerebral lenta, sobre todo en el hemisferio izquierdo. Sin embargo, su cerebro parece intacto y bien vascularizado, según reflejan la resonancia magnética y la angiografía.

No hay lesión, ni virus ni bacterias

Al décimo día de la hospitalización, los médicos practican al adolescente una punción lumbar, es decir, le extraen una pequeña cantidad del líquido cefalorraquídeo, fluido que baña el cerebro y la médula espinal. Su objetivo es descubrir posibles infecciones del sistema nervioso central del paciente. Se detecta una abundante cantidad de linfocitos y moléculas inmunitarias. ¿Se estará defendiendo el organismo de Norman de algún agresor? Ante la duda, los médicos le administran un tratamiento antibiótico y antivírico. Lo interrumpen al cabo de unos días. Los resultados del análisis microbiológico de líquido cefalorraquídeo les lleva a descartar la presencia de bacterias y virus.

En los cinco días posteriores, el estado del paciente empeora. Sufre una grave confusión mental y deambula sin rumbo por el hospital, sobre todo por la noche. Cada vez le cuesta más expresarse y permanece largos períodos en silencio. Cuando por fin logra comunicarse, indica que sus sensaciones táctiles, gustativas y olfativas le parecen «anormales». También manifiesta una marcada inestabilidad emocional: rompe a reír o se muestra irritable, sombrío y arisco sin motivo. En varias ocasiones ha intentado cazar pequeños animales que se imagina que reptan por su piel, y se agita con tal violencia que es necesario inmovilizarlo.

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