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1 de Marzo de 2019
Psicología

El autoengaño de los antivacunas

Algunos padres rechazan que vacunen a sus hijos a pesar de que la protección que ofrecen contra infecciones graves supera el riesgo de efectos secundarios. ¿Qué se esconde tras ese temor irracional?

Las enfermedades infantiles no son tan inocuas como muchos creen. En el caso de la varicela pueden presentarse complicaciones, como inflamación en los pulmones o en las meninges. [Getty Images / South_agency / iStock]

En síntesis

Las personas contrarias a las vacunas las rechazan por temor a sus posibles consecuencias dañinas. La mayoría de los médicos sostiene que los riesgos que entrañan las enfermedades infecciosas son mayores.

Tras los argumentos del movimiento «antivacunas» subyacen sesgos cognitivos, como la tendencia a rechazar argumentos contrarios a la propia creencia o a valorar las informaciones de manera que confirmen las convicciones que se tienen.

Con frecuencia, las campañas informativas que solo presentan hallazgos científicos producen un efecto contrario al deseado. Es mejor concienciar a la población de los sesgos cognitivos en los que todos podemos caer.

Unos las consideran una bendición; otros, un peligro. Esa valoración diferente de las vacunas no se asienta en argumentos racionales, sino en mecanismos mentales que enturbian la objetividad. La renuncia de muchos padres a vacunar a sus hijos surge de unos sesgos cognitivos que, si no se reconocen como tales, ponen en peligro la lucha contra la desinformación en torno a las vacunaciones.

En nuestro papel de pacientes, tenemos una relación psicológica diferente ante las vacunas que frente a otros medicamentos. Ello se debe a factores emocionales. Así, las vacunas son preventivas, por lo que se administran a personas sanas dispuestas a asumir cierto riesgo para protegerse frente a enfermedades graves. En cambio, los fármacos sirven para curar a personas enfermas.

Quien se encuentra ante la decisión de vacunarse o de vacunar a sus hijos se enfrenta a un dilema moral: por lo general, consideramos peor perjudicar a alguien de manera activa que pasiva. En consecuencia, se opta por el «mal menor» y se rechaza la vacunación. No hacer nada parece más sencillo que actuar (aunque esta última opción comporta un riesgo inequívocamente menor en el caso de las vacunas). Desde esta perspectiva, nuestro entendimiento nos lleva a una conducta irracional, porque elegimos una responsabilidad mínima y un remordimiento de conciencia menor en lugar de orientarnos por el mayor beneficio posible o el menor perjuicio.

El hecho de que las vacunas se elaboren a partir de agentes que causan enfermedades fomenta el rechazo hacia ellas. El sentimiento innato de asco nos advierte del riesgo que suponen algunas sustancias (los alimentos podridos, por ejemplo) para nuestro bienestar y nuestra salud. El peligro se valora con independencia del grado en que estamos expuestos a la sustancia amenazadora; experimentamos el mismo rechazo si le inyectamos a nuestro organismo un solo virus que si le introducimos un millón. Este efecto de la «irrelevancia de la dosis» puede explicar el miedo que provocan las vacunas en algunas personas pese a que la dosis que contienen de sustancias supuestamente tóxicas es inofensiva. Por ejemplo, el aluminio que se añade en las vacunas como reforzador de su efecto se halla en una cantidad mucho menor que la que ingiere un lactante cada día a través la leche de su madre.

Pero quizás el enemigo más encarnizado de las vacunas sea su éxito: a lo largo de los años han logrado frenar enfermedades infecciosas graves, como la poliomielitis, y otras que se tienen por inofensivas, como el sarampión, pero que pueden llevar a complicaciones infravaloradas. La mayoría de los riesgos que acompañan a estas infecciones han caído en el olvido, precisamente porque la vacuna ha reducido su propagación de manera drástica.

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