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  • Marzo/Abril 2019Nº 95

Psicología social

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Vacunofobia: un miedo irracional

La comunicación entre médico y paciente, esencial para luchar contra el rechazo a la vacunación.

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La palabra antivacunas es el término que se utiliza habitualmente para describir a aquellos individuos de una sociedad que no confían en los demostrados beneficios de las vacunas. Sin embargo, vacunofobia ayuda a entender mejor su postura de rechazo a las inmunizaciones. No se trata de ciudadanos radicales que buscan un enfrentamiento contra el sistema esta­blecido, sino de personas que manifiestan un miedo irracional. Veamos los factores que fomentan tal rechazo.

En primer lugar, las vacunas constituyen el único «tratamiento» que el personal sanitario administra cuando el paciente está sano, y como cualquier medicamento, pueden tener efectos secundarios graves, aunque estos son excepcionales (aproximadamente un caso por cada millón de dosis administradas). El segundo ingrediente es la desaparición progresiva de las enfermedades inmunoprevenibles, como la difteria o el tétanos, precisamente gracias a las vacunas. Si son enfermedades infrecuentes y las vacunas pueden tener efectos secundarios graves, hay personas que se plantean: «¿Qué necesidad tengo de protegerme a mí o a mis hijos? Prefiero jugármela a no contagiarme. Si es tan rara esa enfermedad, a mí no me va a tocar».

El problema no radica en la falta de entendimiento ni en un exceso de inconsciencia. De hecho, las familias contrarias a las vacunas suelen tener estudios universitarios y una capacidad de raciocinio más que suficiente. Pero es desproporcionado. Tanto como pensar que el avión en el que viajamos se estrellará, por lo que decidimos no subirnos a ninguno más para evitar ese riesgo. Por ello prefiero el término vacunofobia al de antivacunas. Y tener miedo es comprensible.

 

La necesidad de actuar

Los últimos datos sobre las coberturas vacunales en España del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad reflejan que alrededor del 3 por ciento de los niños españoles no han recibido la vacunación adecuada.Pero no todos son hijos de padres vacunofóbicos. Algunos niños no pueden recibir las vacunas a causa de alergias o inmunodeficiencias; aunque son un porcentaje mínimo. También lo es el de los no vacunados.

Visto desde el otro lado de la balanza: en España más de un 96 por ciento de nuestros hijos están bien inmunizados. Por esa razón, hay quienes consideran que el movimiento contrario a las vacunas es insignificante en nuestro país y no debemos hacer nada al respecto. Pero, en números absolutos, estamos hablando de más de 100.000 niños.

También debe tenerse en cuenta la alarmante situación que viven países vecinos como Italia y Francia, donde se han visto forzados a instaurar la vacunación obligatoria ante el auge de los movimientos contrarios a las vacunas. La escena en Estados Unidos no es mejor. Motivos todos ellos por los que debemos actuar.

 

Efecto rebaño

¿Cuáles son las consecuencias de no vacunar? La respuesta más gráfica que se puede ofrecer es: «Dese una vuelta por el centro de África y me lo cuenta». También puede responderse con otra pregunta: «¿Mantendría usted su idea de no vacunar si se fuera mañana a vivir a Zambia?» Mas la gran mayoría de los vacunofóbicos no tienen programado ese viaje a corto plazo, por lo que vuelven a respirar tranquilos acogidos por el efecto rebaño que protege al primer mundo: «Si me rodeo de personas bien vacunadas, el riesgo de contagio será muy bajo».

Esa idea sería válida si las fronteras fueran muros infranqueables, pero no es así. La sociedad de hoy es multicultural y el mundo está globalizado. No conocemos el calendario vacunal del viajero que se sienta a nuestro lado en el autobús y no deja de toser. Si desconfiamos de las vacunas, ¿por qué confiamos en que nuestro vecino está bien protegido? Además, si cada uno de nosotros nos subimos al carro de la vacunofobia, el efecto rebaño desaparecerá y todos terminaremos buscando la salvación en mitad de la epidemia: una manada en busca de la protección que desprestigiamos cuando estábamos sanos.

Si decidimos no vacunar tenemos que conocer exactamente la enfermedad de la que no nos estamos protegiendo. Hay que saber tanto o más que el médico. Con ese conocimiento, la decisión al menos sería razonable. «Sé lo que me puede ocurrir y lo acepto.» Lo curioso es que pocos vacunofóbicosllegan hasta esa reflexión y se quedan en el clásico: «Yo pasé el sarampión y aquí sigo». Sin embargo, uno de cada mil que también lo pasó ya no sigue con nosotros.

 

Iniciativa desde la experiencia

Durante mi residencia de pediatría me enfadaba con los padres que no vacunaban a sus hijos. Incluso les comentaba que, si este mundo fuera justo, habría que retirarles la custodia. Me enfadé con los padres de Daniel, un niño sano no vacunado que, cuatro años después, fallecía ante mis ojos a causa de una sepsis meningocócica fulminante. Los padres no aceptaron su parte de culpa y consideraron que el diagnóstico había sido tardío. Yo tampoco hice mucho más. Pensaba que no se podía hacer nada. Daniel es solo un nombre ficticio, pero el caso fue real.

Pasaron otros cuatro años y nacieron mis dos hijos. Una noche de desvelo, mientras intentaba consolar los cólicos de Marta, algo hizo clic en mi cabeza. Yo también fui culpable de la muerte de Daniel; culpable por no haber intentado, ¡al menos intentado!, convencer a aquellos padres. De allí nació la idea de iniciar una consulta específica para asesorar a padres vacunofóbicos.

Los comienzos fueron tan difíciles como decepcionantes. La evidencia científica no era suficiente para convencer a esas familias, que negaban cualquier bondad de las vacunas. Las gráficas que mostraban la disminución de las enfermedades eran solo caramelos que nos vendía la industria farmacéutica para que los médicos creyéramos una gran mentira, argumentaban. No había manera. Los niños sin vacunar se me escapaban de la consulta sin estar protegidos, igual que Daniel.

Pero no podía darme por vencido. Todos esos niños se merecían una oportunidad. Comencé por tranquilizarme y empezar a comprender a los vacunofóbicos. «Voy a intentar que me convenzan ellos a mí. Que me muestren todas sus cartas y me expliquen por qué han decidido no vacunar», pensé. Respeto, escucha activa y empatía empezaron a mostrarse como los métodos más efectivos para conseguir un cambio de actitud en los padres de mis pequeños pacientes. Los resultados comenzaron a ser alentadores.

Desde noviembre de 2014 hasta la actualidad, ocho de cada diez familias asesoradas han decidido iniciar la vacunación, aunque solo la mitad de forma completa. La otra mitad ha escogido una «vacunación a la carta». Pero siempre será mejor una vacuna que ninguna.

Ante los buenos y sorprendentes resultados decidí escribir el libro ¿Eres vacunofóbico? Dime, te escucho, con el objetivo de llevar el asesoramiento más allá del hospital y ayudar tanto a familias con dudas como al personal sanitario que no soporta la idea de ver escapar a más «danieles»indefensos. No es la única solución, pero sí mucho mejor, desde mi punto de vista, que obligar a vacunar. Esta última será la única opción viable en el caso de que el movimiento vacunofóbico se expanda igual que en otros países no tan lejanos a nosotros.

En verano de 2018 se inició el proyecto Inmuniza a nivel nacional con el objetivo de formar al personal sanitario en la comunicación efectiva entre médico y paciente. Un ámbito esencial, pero al que tan poco espacio y tiempo dedican las facultades que nos enseñan a curar.

 

PARA SABER MÁS

Consulta de asesoramiento en vacunas: El encuentro es posible. R. Piñeiro Pérez et al. en Anales de Pediatría, vol. 86, nº 6, págs. 314-320, junio de 2017.

¿Eres vacunofóbico? Dime, te escucho. Roi Piñeiro Pérez. Editorial Undergraf, Madrid, 2018.

Puede conseguir el artículo en:

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