El trastorno obsesivo-compulsivo en los niños

La terapia cognitiva conductual ayuda a poner límites a los pensamientos y rituales obsesivos e incontrolables característicos de esta patología mental, que puede manifestarse durante la etapa infantil.

Los pensamientos obsesivos llevan a algunas personas con trastorno obsesivo-compulsivo a lavarse con minuciosidad las manos numerosas veces al día. [MEIKE TEICHMANN]

En síntesis

Entre un 2 y un 3 por ciento de los niños y adolescentes padece un trastorno obsesivo-compulsivo.

En la mayoría de los casos, los pensamientos obsesivos tratan sobre el temor a la suciedad y a contaminarse. A menudo, estas ideas desencadenan actos compulsivos.

Los afectados aprenden a combatir su obsesión cuando ponen en entredicho sus ideas y afrontan las situaciones que precipitan el miedo.

Markus comenzó a tener miedo de sí mismo a la edad de 13 años. Temía volverse neonazi. Pronto se dejó llevar por la idea de que podía infectarse, como si de un virus se tratara: evitaba todo lo que le recordara a Adolf Hitler, desde libros con ilustraciones del dictador hasta toallas con estampados que le traían a la memoria las cruces gamadas. Había algo en el nacionalsocialismo que le fascinaba, se persuadía a sí mismo. ¿Por qué, si no, giraban sus pensamientos en torno a la idea de Hitler?

No tardó en lavarse las manos cada dos por tres. Se jabonaba los dedos, uno por uno, alrededor de 40 veces diarias durante varios minutos.

Aunque era un buen estudiante, cuando se introdujo el tema del nacionalsocialismo en clase de historia de secundaria, empezó a hacer novillos en esa asignatura. Las fotografías de los campos de concentración y de los hombres de las SS que aparecían en los libros le desasosegaban de forma desmesurada. A pesar de que percibía que no se comportaba con normalidad, tampoco podía evitar decirse a sí mismo que el nacionalsocialismo tenía que parecerle estupendo. Ese pensamiento se convirtió en insoportable.

Cargaba con esta obsesión desde hacía dos años cuando se presentó, acompañado de sus padres, en nuestra clínica de psiquiatría y psicoterapia infanto-juvenil de Colonia. Markus se mostraba inseguro y triste, pero también irritado y agresivo. Explicó que no encontraba amigos. Asimismo, habló del miedo que le invadía con regularidad, de una desagradable sensación de presión en el vientre y de tener un nudo en la garganta. Según decía, solo existía un camino para controlar sus obsesiones y miedos y poner en jaque a la tensión interior que sentía: lavarse las manos. Sus dedos y palmas estaban enrojecidos por el constante frotar con agua y jabón desde hacía tiempo; la piel de sus manos aparecía seca y llena de llagas.

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