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1 de Noviembre de 2016
Psicología

La paradoja de comer carne

Amamos a los animales, pero también nos los comemos. Las personas utilizamos estrategias cognitivas para resolver este dilema omnívoro.

GETTY IMAGES

En síntesis

Las personas que comen animales pero que también los aman y no quieren hacerles daño experimentan disonancia cognitiva, un estado de tensión que se origina al mantener o actuar conforme a creencias mutuamente incompatibles.

Aunque la solución más fácil para vencer la disonancia cognitiva sería cambiar de comportamiento, el vegetarianismo constituye una opción minoritaria. La mayoría de los amantes de los animales encuentran otros caminos para superar el dilema.

Estrategias psicológicas como la evitación, la disociación y el cambio de conducta percibido permiten que muchas personas dejen atrás su angustia y coman carne.

Piense en el cerdo. Quizá se le haga la boca agua al imaginarse la panceta crujiente, las jugosas costillas, el sabroso jamón y las suculentas salchichas. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, la carne porcina es la que se consume en más lugares del mundo, lo que supone más del 36 por ciento del consumo carnívoro total. Los estadounidenses, por ejemplo, ingieren alrededor de 22,6 kilos de este alimento por persona y año, cifra que resulta menor si se compara con España o China, países en los que la cantidad se cuadruplica.

En la otra cara de la moneda se encuentran ciertas comunidades que tienen la carne de cerdo por intocable: tanto el islam como el judaísmo prohíben su consumo. También algunas personas ven en este animal (sobre todo, en el cerdo vietnamita) una adorable mascota. A pesar de su mala fama, los cerdos son extraordinariamente sociables, muy inteligentes y más limpios de lo que su reputación sugiere. Los espabilados gorrinos juegan a perseguirse, manejan los termostatos en sus cochiqueras e incluso aprenden sencillos juegos de ordenador. En 2014, un estudio publicado en Animal Cognition reveló que pueden entender las indicaciones de los humanos de manera similar a como lo hacen los perros.

Si empieza a sentirse un poco inquieto por el bocadillo de jamón que va a desayunar o que ya ha ingerido, no se preocupe, seguramente no es el único lector al que le ocurre. El desasosiego que le invade de repente surge a causa de un fenómeno que los científicos han bautizado con la reveladora expresión de «la paradoja de la carne». Sucede cuando a alguien le gusta comer carne pero le disgusta pensar en la muerte de los animales para obtenerla. «Si se rasca la superficie, todo el mundo parece sentirse un poco incómodo por comer carne», afirma Brock Bastian, psicólogo de la Universidad de Melbourne. A quienes les gustan los animales, sean grandes o pequeños, la idea de causarles daño les resulta, cuando menos, algo perturbadora. «Una de las preocupaciones morales más profunda y ampliamente arraigadas es evitar el daño», continúa Bastian. Y añade: «Si un animal muere por causas naturales, dudo que los consumidores experimenten un conflicto interno por comérselo».

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