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Actualidad científica

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  • Mente y Cerebro
  • Marzo/Abril 2018Nº 89

Psicología

Cómo se forja la personalidad

El temperamento se forma a partir de la carga genética y las experiencias tempranas. Antes del nacimiento, las bases de la personalidad individual ya se encuentran determinadas.

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Los primeros acordes de la banda de música atraen a los invitados hasta la pista de baile del restaurante. Vestida de rojo y con un pronunciado escote, una mujer se convierte en el centro de atención: se contonea de manera desinhibida al ritmo de un rock. Mantiene los ojos cerrados y no parece preocupada por lo que dirán el resto de los comensales. Otra joven, también amante de la música que suena, permanece sentada a la mesa. Su pie golpea levemente el suelo al compás de la canción, mientras sus ojos no cesan de vigilar si alguien la está observando. Durante la comida, estas dos mujeres ya mostraban una manera diferente de comportarse: la que baila dominaba la conversación de los compañeros de mesa; la que está sentada, reseguía con sus dedos las copas o el contorno de los cubiertos. De vez en cuando hablaba en voz baja con su vecino.

¿Por qué las personas somos tan distintas unas de otras? ¿Qué influye en que unas sean decidas y extrovertidas, y otras discretas y tímidas? Por lo común, nuestro temperamento básico se perfila a edad temprana, en la primera infancia. Así, algunos niños se muestran vergonzosos y obedientes; otros, por el contrario, llevan de cabeza a sus padres con sus travesuras e hiperactividad.

Desde hace tiempo, los investigadores saben que los genes y las primeras experiencias en el seno materno y poco después del nacimiento influyen en el modo en que el niño reacciona al mundo que le rodea. Pero algunos interrogantes continúan abiertos. ¿Cómo conforman estas experiencias nuestro cerebro, sede de la personalidad? ¿De qué modo inciden las vivencias estresantes precoces sobre las neuronas y los neurotransmisores? ¿Cómo quedan fijadas para influir en etapas posteriores de la vida?

Siempre que sentimos, pensamos o actuamos, pero también cuando estamos descansando, numerosas redes neuronales en el cerebro se hallan trabajando. Todo cuanto ocurre dentro de nosotros y en nuestro entorno activa circuitos de los que forman parte tanto neuronas próximas entre sí como otras muy alejadas. Las sinapsis que se originan entre ellas transmiten información de una célula a la otra.

Pero estas redes neuronales funcionan de modo diferente en cada persona y revelan un aspecto importante de la propia manera de ser. De hecho, influyen en la sensibilidad ante el estrés y en la búsqueda de estímulos externos y en la sociabilidad.

Sin embargo, no nos diferenciamos tan solo por la forma en que están interconectadas nuestras neuronas, sino también por cómo influyen determinadas moléculas en su actividad. La acetilcolina, la dopamina, la oxitocina y la vasopresina son algunas de ellas. El cerebro libera estas sustancias moduladoras cuando debe reaccionar con rapidez o de forma mantenida, por ejemplo, ante una situación importante o potencialmente peligrosa.

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