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  • Marzo/Abril 2018Nº 89

Neurociencia

Contracepción con repercusiones

Durante años se ha discutido sobre los efectos ­secundarios de las píldoras anticonceptivas, pero pocas mujeres saben que los contraceptivos también pueden influir en su cerebro e, incluso, mejorar algunas capacidades cognitivas.

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Ya sean espirales, inyecciones de tres meses, parches o supositorios vaginales, alrededor de 200 millones de mujeres en el mundo recurren a la ayuda de hormonas para evitar la concepción, según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud. El método anticonceptivo hormonal más difundido a escala internacional es, con diferencia, la pastilla anticonceptiva. Desde su comercialización en 1960, casi todas las mujeres de los países industrializados han recurrido a «la píldora» alguna vez en su vida.

Actualmente, los médicos prescriben este fármaco también con otros objetivos; por ejemplo, para tratar problemas cutáneos, dolores menstruales u oscilaciones anímicas. Pero la mitad de las usuarias dejan de tomar la píldora anticonceptiva al poco tiempo a causa de sus síntomas secundarios, como alteraciones en la piel o el estado de ánimo. De hecho, en los últimos años, los efectos perjudiciales de la píldora han centrado la atención de parte de la población. En la primavera de 2016, miles de mujeres informaron en Twitter, bajo la etiqueta #MyPillStory, sobre su experiencia con los métodos anticonceptivos. El contenido de muchos de los tuits se referían a la sensación de cansancio, depresión y pérdida de apetito sexual que les causaba la píldora.

No obstante, estudios recientes demuestran que podría tener otros efectos en el comportamiento y el sentir de las mujeres, aunque muchas los desconocen: al parecer, podría influir en las capacidades cognitivas y actuar directamente en el cerebro.

El efecto de los anticonceptivos se debe a la combinación de dos hormonas sintéticas: el etinilestradiol, afín al propio estradiol del cuerpo, y un progestágeno artificial que se asemeja a la progesterona. Estos neurotransmisores intervienen en el equilibrio hormonal natural de la mujer y bloquean los cambios propios del ciclo menstrual que provocan la ovulación. Ello no solo impide un posible embarazo, sino que, además, reduce considerablemente la producción de las hormonas sexuales endógenas.

Las fluctuaciones hormonales durante la menstruación provocan la ovulación a mitad del ciclo y el sangrado al final de este, pero también se acompañan de una serie de cambios en el pensamiento, las emociones y la conducta, los cuales, desde el punto de vista de la biología evolutiva, favorecen la concepción y la preservación de un embarazo. Se ha comprobado que la conducta de riesgo de las mujeres se modifica durante el período de ovulación: su estado anímico, así como los sentidos auditivo, visual y olfativo, mejoran; el apetito sexual aumenta, y sienten atracción, sobre todo, por los hombres que se diferencian genéticamente de ellas. Tras la ovulación, vuelve a reducirse la libido y, al poco, prefieren de nuevo a parejas cuyos genes se asemejan a los suyos.

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