El sueño del bebé y sus condicionantes

Los hábitos de descanso saludables contribuyen de manera destacada al desarrollo del niño, sobre todo durante las primeras etapas de la vida.

ISTOCK / DEBICHAMBERS

En síntesis

Una serie de factores biopsicosociales (genéticos, circadianos, ambientales y educativos, entre otros) influyen en la calidad y cantidad del sueño del bebé durante la primera infancia.

La historia del sueño infantil comienza antes del parto. El cerebro y el resto de los órganos en desarrollo del feto están regulados por las señales indirectas que les proporciona la madre.

La evolución del ciclo sueño-vigilia constituye un hito importante en el desarrollo del bebé. Entre otras señales de su crecimiento, revela cambios en la actividad neuronal de su cerebro.

Los padres de Lidia acuden preocupados a nuestra consulta. Su primera hija, que ya ha cumplido 13 meses, duerme unas diez horas: desde las nueve y media de la noche hasta las siete de la mañana siguiente. Pero su sueño no es de un tirón. Cada noche, los padres deben ir cuatro veces a la habitación de la niña para atender sus despertares nocturnos. Con todo, Lidia se muestra contenta y feliz por el día. Pero ¿duerme la pequeña lo suficiente?, se pregunta la joven pareja.

Aunque todavía se desconocen las funciones concretas del sueño, se sabe que dormir a diario el tiempo necesario, en el momento idóneo de la jornada y con una calidad adecuada constituye un elemento básico para una vida saludable. En el caso de los bebés, es además un soporte esencial para su correcto desarrollo. La calidad de sueño en la primera infancia es un factor de predicción de problemas de conducta y dificultades de atención en etapas posteriores. Muestra de esa función primordial es el tiempo que consagra la naturaleza al descanso durante la infancia y la juventud: un niño dedica 13 de sus primeros 24 meses de vida al sueño.

Dormir es un proceso complejo que resulta de un equilibrio biopsicosocial inestable y dinámico que se inicia en el período prenatal. Su evolución y maduración dependen, sobre todo en las primeras fases de la vida, de la armonía de ese equilibrio, de la acomodación del niño al medio en el que crece y de su interacción con los cuidadores a través del desarrollo del vínculo o apego.

En el sistema nervioso central, la zona encargada de regular el sueño es el núcleo supraquiasmático, que constituye nuestro reloj biológico principal. Sus neuronas contienen un «reloj molecular» y son capaces de variar su actividad en respuesta a la entrada de luz por la retina. De esta manera, aumentan su frecuencia de descarga proporcionalmente a la intensidad de la luz. El núcleo supraquiasmático también sincroniza los órganos periféricos mediante la secreción de unas hormonas determinadas (sobre todo, la melatonina) y el sistema simpático.

Durante la evolución del ser humano y a través de diferentes culturas, épocas históricas y etapas del desarrollo infantil, los conceptos del cómo, dónde y cuánto deben dormir los niños o las nociones un sueño normal o patológico se han ido transformando, en gran medida, por la acomodación del niño a un ambiente sociocultural cambiante. Conocer las características evolutivas del sueño y sus variaciones en las diversas etapas madurativas durante la infancia ha sido objeto de investigación intensa en los últimos cinco años. Estos estudios han permitido cambiar nuestra perspectiva sobre el sueño infantil. Así, en la actualidad, el concepto «dormir toda la noche» aplicado a un niño menor de 18 meses implica tres aspectos: un tiempo de sueño continuado variable para cada niño y etapa del desarrollo; un horario de sueño parecido al del resto de la familia, y la capacidad del bebé para volverse a dormir de forma autónoma tras los despertares fisiológicos normales que acontecen durante el sueño.

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