La mujer que no sabía usar unas tijeras

Una taza de café se sostiene por el asa y se lleva a la boca. Las tijeras se manejan
introduciendo los dedos por los dedales. Mas, a la paciente L., una lesión cerebral
le impide utilizar los objetos de acuerdo con su función

PORCOREX/ GETTY IMAGES/ ISTOCK

En síntesis

Después de sufrir una lesión cerebral durante una operación, la paciente L. pierde la capacidad de utilizar objetos, aunque consigue identificarlos y agarrarlos.

Esta anomalía del control de movimientos se denomina apraxia y se manifiesta de múltiples formas.

En el caso de la señora L., la lesión afecta una región del cerebro, en la que se almacena una especie de «carné de identidad» mental de los objetos.

Una mujer entra en mi consulta por su propio pie, me reconoce, me saluda, me explica su historial clínico de forma lógica y mueve los dedos cuando se lo pido; sin embargo, se muestra incapaz de efectuar nada útil con sus manos. ¿Qué le sucede? La señora L., de 50 años de edad, había sido operada de un tumor benigno en el útero. Durante la intervención, en principio anodina, sufrió un breve paro cardíaco; aunque su corazón volvió a latir enseguida, su cerebro se resintió de esa privación de oxígeno y glucosa a causa de la breve interrupción del flujo sanguíneo. Cuando despertó, presentaba un amplio abanico de problemas extremadamente invalidantes: tenía dificultades para orientarse en el espacio, escribir, calcular y, sobre todo, apenas era capaz de utilizar las manos. Tan siquiera podía usar un simple rollo de papel higiénico.

En el transcurso de las semanas siguientes a la operación, la paciente L. se recuperó en parte, aunque persistían las dificultades manuales. Sin ayuda no conseguía cepillarse los dientes, cerrar la puerta con llave o cortar un bistec. Al no poder manejar los objetos más familiares, su dependencia era absoluta. No se encontraba paralizada, tampoco amnésica, ni ciega, ni demente, y nada le hubiera gustado más que reemprender sus actividades habituales, pero ya no sabía qué hacer con las manos.

Junto con mi compañera de trabajo Angela Sirigu intentamos identificar el origen del problema. En primer lugar, dichas dificultades no se explicaban por un déficit en el reconocimiento visual de los objetos. Si se le mostraban unas tijeras a la paciente, afirmaba sin dudarlo: «Son unas tijeras, sirven para cortar. Yo tengo unas en casa». Tampoco se trataba de una especie de torpeza generalizada que le supusiera una incapacidad global de controlar los movimientos. Cuando tenía que agarrar algún objeto situado delante de ella, dirigía sus manos con la máxima precisión y ajustaba la apertura de los dedos en función de las dimensiones y la orientación exactas del objetivo. Los problemas comenzaban cuando tenía que emplear esos utensilios.

Imagínese usted que le pido que me entregue unas tijeras, un mando a distancia y una goma de borrar situados a su alcance. Seguramente, agarraría cada uno de esos artículos más o menos de la misma forma: entre el pulgar y los demás dedos, ajustando su mano a la orientación, el tamaño, la longitud y el peso de esos artículos; incluso si fuera la primera vez en la vida que las ve. Por el contrario, si quisiera utilizarlos, los sujetaría de una manera distinta: introduciría el pulgar y el anular dentro de los dedales de las tijeras; el mando a distancia lo apoyaría en la palma de la mano dejando libre el pulgar para pulsar los botones, y sostendría la goma de borrar entre el pulgar y el índice flexionado.

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