Tacto sanador

Cuando las personas se tocan, ocurren cosas asombrosas: el latido del corazón se enlentece, el organismo segrega menos hormonas del estrés y la sensación de seguridad y protección aumenta. Pero ¿qué sucede cuando el contacto físico con otros congéneres no resulta posible?

ALEKSANDER NAKIC/ GETTY IMAGES/ ISTOCK

En síntesis

El método canguro que se practica en las unidades de prematuros ejerce un efecto calmante y estimula el crecimiento de estos bebés. También para los adultos es importante el contacto físico: tras un masaje se reduce la concentración de cortisol en la saliva de mujeres.

La aplicación para teléfonos móviles denominada HandsOn invita a los usuarios a conocer su propio comportamiento relacionado con el contacto físico. Acariciarse a sí mismo y, por ejemplo, colocarse la mano sobre el pecho o el vientre, puede ayudar a las personas que tienen pocas oportunidades de contacto.

Los niños y jóvenes padecieron más por el aislamiento y la ausencia de contacto físico durante las restricciones por la COVID-19 en comparación con los adultos. Es probable que estos últimos hayan aprendido a lo largo de la vida a representar de manera simbólica los vínculos sociales.

A finales de 2019, la danesa Sine Ludvigsen organizó, junto con su amiga Vibe Kiil, una exposición en Berlín sobre el tema «hambre de piel». Pero los artistas a quienes explicó su proyecto no entendían a qué se refería. Cuando Ludvigsen buscó en Google la expresión «hambre de piel», se sorprendió: sobre todo aparecían contenidos pornográficos. En su país, Hudsult («hambre de piel», en danés) es un término corriente para referirse al deseo (inocente) de contacto físico. Hoy en día, unos tres años después, ese tipo de «hambre» se ha popularizado. Ahora, en la Red aparecen noticias de medios de comunicación de información general que hablan sobre el tema. Al parecer, las normas de distanciamiento social durante la pandemia del coronavirus ha provocado «hambre de piel» en numerosas personas.

Hace tiempo que los científicos se ocupan de la necesidad humana del contacto físico. Los experimentos sobre ello comenzaron en la década de 1950. En esos años, el psicólogo estadounidense Harry Harlow (1905-10819) separó a crías de chimpancés de sus respectivas madres. Los huérfanos de unos pocos días de vida contaban con dos opciones: o bien se dirigían a una muñeca de metal que les ofrecía leche, pero ni suavidad ni calor, o bien elegían un suave chimpancé de trapo. El resultado del experimento, de ética dudosa, fue inequívoco: los pequeños se sujetaban al animal de trapo y volvían continuamente a él después de haber calmado su apetito con el armazón metálico que daba leche. Las crías que no recibieron ningún animal de peluche desarrollaron graves trastornos de comportamiento.

En la actualidad, la gran importancia que desempeña el contacto físico también para el desarrollo humano queda reflejada en el «método canguro» que se aplica en las unidades neonatología de hospitales de todo el mundo para atender a los bebés prematuros. En ellas, el neonato se coloca en el pecho desnudo de la madre o el padre y se le cubre con una tela. El contacto piel con piel produce un efecto calmante, regula la frecuencia cardíaca y respiratoria, favorece el sueño y estimula el crecimiento del niño.

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