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Los cimientos de la violencia

¿Por qué las acciones violentas forman parte de la historia de la humanidad? Para comprenderlo es necesario fijar la mirada en la persona que ejecuta la acción, en la víctima y, sobre todo, en el contexto.

WIKIMEDIA COMMONS (restos de la torre sur en los atentados del 11-S de 2001)

La primera experiencia a la que se enfrenta el común de los mortales cuando llega al mundo no está envuelta en el ropaje espinoso y desabrido del rechazo, el abandono, el insulto o la agresión, sino en el del cariño, el cuidado y el desvelo permanente de sus progenitores. Ese es, con las excepciones de rigor, el hecho omnipresente en la vida de las personas: «Lo que gobierna a un individuo al comienzo de su vida es una relación positiva de dependencia con la madre. Escasas o nulas son las pruebas de instintos destructivos», escribe Gordon Allport, uno de los maestros de la teoría y la investigación en el campo de la psicología, en La naturaleza del prejuicio. Al cabo del capítulo dedicado a la agresión, añade: «La génesis del odio es algo secundario, contingente y relativamente tardío en el proceso de desarrollo».

Shelley Taylor es una autoridad en el panorama actual de la investigación psicológica. En Lazos vitales, un entretenido y bien documentado libro de divulgación científica, ofrece infinidad de datos y argumentos sobre la atención, el cuidado, la ayuda, la amistad y el altruismo que responden a un supuesto que merece la máxima atención: «El cerebro y el cuerpo están construidos para cuidar, no de forma indiscriminada, sino a fin de atraer, mantener y alimentar relaciones con los demás a lo largo de la vida. Desde el vientre hasta la edad adulta, nuestro carácter, e incluso nuestra salud física dependen de la gente que nos cuida y de lo bien que nos vaya con ella».

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