Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarle el uso de la web mediante el análisis de sus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúa navegando, consideramos que acepta nuestra Política de cookies .

Actualidad científica

Síguenos
  • Google+
  • RSS
  • Mente y Cerebro
  • Julio/Agosto 2011Nº 49
Syllabus

Neurología

Microglía: células con licencia para matar

Durante años, los neurocientíficos han ninguneado a las células de la microglía. Después, incluso algunos las culparon de la muerte neuronal masiva en enfermedades neurodegenerativas. ¿Se merecen tal impopularidad?

Menear

Imagine que nuestro cerebro fuera la sede de una multinacional dotada de personal de alta seguridad. Un ejército de inspectores controla las 24 horas del día las oficinas y los pasillos. Inspecciona, provisto de una multitud de sensores, el edificio entero; ante el más mínimo indicio de algún movimiento sospechoso, hace saltar la alarma. Esos metafóricos inspectores son, en el encéfalo, las células de la microglía. A diferencia de los otros integrantes de la glía (astrocitos y oligodendrocitos) [véase «Células de la glía», por Douglas R. Fields; Investigación y Ciencia, junio de 2007], las células de la microglía resultan de un préstamo por parte del sistema inmunitario al sistema nervioso central. En otras palabras, proceden de la médula ósea y su apariencia se asemeja a la de los macrófagos, células «devoradoras» que se encuentran en otros tejidos del organismo. Su función principal consiste en reconocer las infecciones y tomar las primeras medidas necesarias con el fin de combatirlas.

Ya en el seno de la madre, las células microgliales emigran a través de la sangre al cerebro del feto hasta poco después del nacimiento del bebé, momento en el que se asientan, sobre todo, en la corteza cerebral. Allí utilizan los gruesos haces de fibras nerviosas a modo de carreteras para extenderse por el sistema nervioso central. Durante dicha fase migratoria, las células de la microglía parecen idénticas a los macrófagos, es decir, guardan semejanza con las amebas. Una vez repartidas de manera uniforme por todo el encéfalo, su aspecto se modifica: empiezan a ramificarse intensamente, de tal suerte que las terminaciones de sus prolongaciones acaban casi tocándose. El cerebro termina cubierto, casi por completo, por una red de microglía.

Hace noventa años, el neurohistólogo español Pío del Río Hortega (1882-1945) distinguió la microglía como un tipo celular independiente y bautizó a dichas células con su actual nombre. Río Hortega describió ya entonces que estas migraban hacia el cerebro, transformando su aspecto en caso de daños en el tejido nervioso. Sin embargo, hasta el decenio de los sesenta del siglo pasado no se empezaron a investigar las múltiples tareas que desempeña la microglía.

Puede conseguir el artículo en:

Artículos relacionados