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Un toque de alivio

Asir una parte lacerada del cuerpo ayuda a aliviar la molestia.
© DREAMSTIME / Irena Jancauskiene
Si alguna vez se ha quemado la mano al tocar un objeto caliente, tal vez recuerde que de inmediato se cubrió la zona de la quemadura con la otra mano, acto instintivo que parece aliviar el dolor. En cambio, solemos apartarnos con recelo de aquel que trate de tocarnos la herida. Aunque desde antiguo se conocía tal distinción del comportamiento, se ignoraban los mecanismos cognitivos que propiciaban el reflejo de tocamiento propio (antes que el tocamiento ajeno) para aliviar el dolor. En un estudio publicado en línea en Current Biology el septiembre pasado, se sugiere que al tocarnos una región lesionada se reduce el dolor, ya que el contacto con uno mismo amplía el mapa cerebral del propio cuerpo, fenómeno que el contacto con otra persona no permite remedar.
La neurocientífica Marjolein Kammers, del Colegio Universitario de Londres, y sus colaboradores pidieron a probandos, cuyos ojos habían vendado previamente, que introdujeran sus respectivos dedos índice y anular en tubos de agua caliente mientras mojaban sus dedos corazón en agua fría. Se trata de una técnica experimental muy común, la cual crea la ilusión de que los dedos en agua fría arden de calor. Cuando los probandos retiraron su mano del recipiente y se tocaron solo los dedos corazón de ambas manos juntando las palmas, o al unir solo los dedos más externos, apenas sintieron alivio. Tampoco se redujo la sensación de dolor si tocaban con sus tres dedos (índice, corazón y anular) la mano de una experimentadora: el alivio se produjo solo cuando cada uno de los tres participantes entrecruzó sus tres dedos afectados con los tres propios de su mano contraria. De este modo, el dolor percibido menguó en un 64 por ciento.
Al unir dos partes del mismo cuerpo, explica Kammers, se envían al cerebro señales diversas concernientes a la temperatura, la posición espacial y la identidad de las partes afectadas; unas señales que solo pueden proceder del contacto con uno mismo. En este caso, al entrecruzar los tres dedos centrales de ambas manos, es probable que se provea al cerebro de información comparativa suficiente para reajustar la interpretación de la temperatura corporal de cada dedo. «Cuando se reciben entradas procedentes de numerosas señales se incrementa la cohesión del mapa corporal en el cerebro, lo cual reduce el dolor agudo», explica Kammers. Tales hallazgos van parejos con trabajos anteriores que demuestran que la aportación de más ingresos sensoriales puede aliviar el dolor crónico del «miembro fantasma» que experimentan ciertas personas con amputación: cuando se engaña al cerebro haciéndole creer que el cuerpo vuelve a estar completo, el dolor se alivia.

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