Campos de fresas

Nada es real cuando se trata de los colores que vemos

Aunque esta imagen se componga solo de tonalidades rojas y grises, el coche parece azul. [AKIYOSHI KITAOKA]

En cierta manera, cada objeto que vemos es un espejo. La superficie cristalina de un lago en un día de verano sin viento es un perfecto espejo si refleja toda la luz fielmente sin que esta se disperse. Sin embargo, resulta que una fresa también es un espejo, aunque, en este caso, imperfecto. La razón habitual por la cual las fresas parecen rojas reside en que reflejan las longitudes de onda rojizas y absorben las azuladas. Pero existe una paradoja: en ocasiones la luz que rebota de una fresa no tiene nada de rojo. ¿Cómo es posible que la veamos bermeja si no hay longitudes de onda rojas?

El color frente a la longitud de onda

Los científicos del color están en deuda con Isaac Newton, pues fue el primero en demostrar que las diferentes longitudes de onda luminosas se mezclan para dar lugar al blanco; y viceversa, que la luz blanca puede fragmentarse en las longitudes de onda que la componen. (Un dato menos conocido es que Newton también se introdujo una aguja pasacintas directamente en la cuenca de un ojo y la estuvo girando como si de un mando de una videoconsola se tratase, con el fin de explorar el modo en que la deformación del ojo afectaba a la visión. Sin duda, un descubrimiento trascen dental de la fisiología, pese a que quizá no era la mejor manera de averiguarlo). Para algunos, el hallazgo pionero de Newton fue la explicación de cómo emergen los colores. No obstante, ahora sabemos que la luz es solo una parte de la historia. 

Para entender el color con mayor profundidad, debemos comprender el modo en que la luz alcanza nuestros ojos. Antes de la llegada del mundo moderno, prácticamente toda la luz que teníamos era la que provenía del Sol. Por supuesto, también existía la fuente ocasional de luz no solar: los relámpagos, las estrellas, la bioluminiscencia de diversos animales y el fuego. Pero el Sol era la principal fuente lumínica. Esto implica que nuestro sistema visual evolucionó para ver las superficies de los objetos que reflejaban la luz brillante y amarillenta del astro rey o la tenue e indirecta luz azulada de los fotones azules dispersos, que rebotan alrededor del resto de cielo diurno.

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