La alargada sombra del trauma

El trastorno límite de la personalidad es uno de los diagnósticos psiquiátricos más estigmatizados. ¿Ha llegado la hora de empezar a considerarlo un problema relacionado con el trauma?

[KELLY ROMANALD]

Hace dos inviernos, tras sufrir una crisis a causa del síndrome de desgaste profesional (burnout) que la llevó al hospital, Ana empezó a tener sueños perturbadores. Las visiones de su padre se convirtieron en secuencias retrospectivas angustiosas de su infancia, escenas de malos tratos físicos y psicológicos. Ana, cuyo nombre se ha modificado para preservar su intimidad, es madre soltera de tres hijas y creció en una localidad del este de Alemania, a una hora en coche de Berlín. Pasó su infancia rodeada de alcohólicos, entre ellos, su padre y su abuelo. Después de la escuela, solía volver a una casa vacía, pero la posterior llegada de sus padres no la reconfortaba. Tanto su madre como su padre eran violentos, física y emocionalmente. En la adolescencia, la violaron repetidas veces. También perdió a una amiga íntima, asesinada por su propio padre tras haberse quedado embarazada.

Ana afirma que, de todas esas horribles experiencias, lo que más le duele es la escasa preocupación que sus padres parecían mostrar por ella. Cuando le contó a su madre que la habían violado, esta reaccionó echándole la culpa de la agresión que había sufrido. Cuando un coche la tropelló mientras iba en bicicleta de camino al trabajo, su padre le dijo con indiferencia: «Levántate, no pasa nada». Y la mandó a trabajar. Hasta que una compañera se le acercó corriendo y asustada para preguntarle por qué tenía la cabeza cubierta de sangre, no se percibió de la gravedad del accidente. «Eso es lo más duro para mí», me cuenta mientras empieza a temblarle la voz y se le llenan los ojos de lágrimas. «Que tus padres no te vean como a una persona».

A juzgar por sus propios recuerdos, era una niña iracunda y agresiva, a la que le costaba controlar sus emociones y comunicarse con otras personas. En la adolescencia intentó suicidarse dos veces. Ya de adulta, Ana, actualmente con 40 años cumplidos, acometió comportamientos peligrosos, como conducir a velocidad excesiva, y muchas veces sintió la necesidad de autolesionarse, que satisfacía lesionándose la piel. Ese impulso era tan compulsivo que a veces se despertaba con sangre en los brazos. La regulación de las emociones sigue siendo uno de sus mayores problemas: las complicaciones enseguida la abruman. «Necesito hablar con alguien de inmediato», explica. «Si no, me da miedo hacerme algo a mí misma».

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