Maledictología: El estudio de las blasfemias

Las palabrotas no gozan de buena reputación. Sin embargo, usarlas puede aliviar el dolor, reducir la agresividad y aumentar el rendimiento físico. Seguramente, son la forma más primaria del habla

Maldecir puede ayudar a aliviar el estrés y la ansiedad, además de aumentar el rendimiento físico. [GEORGERUDY/ GETTY IMAGES/ ISTOCK]

En síntesis

Las blasfemias pueden ofender y herir. Sin embargo, utilizarlas también ofrece ventajas. La maledictología estudia los aspectos psicológicos, sociológicos, lingüísticos y neurobiológicos de maldecir.

Las palabrotas dependen de cada época. Viven de romper tabús, sirven de vía de escape de la agresividad y mitigan el dolor. Además, pueden aumentar el rendimiento físico y la credibilidad del quien las dice.

La corteza prefrontal controla la expresión de las blasfemias, valora las situaciones sociales y reprime las conductas inadecuadas. Las personas con el síndrome de Tourette presentan alteraciones en este mecanismo inhibitorio.

Todos lo hacemos. De niños y de mayores. Tanto si estamos solos como si nos encontramos acompañados. Maldecimos y blasfemamos. De nuestra boca salen todo tipo de términos escatológico, sexuales, animales y sacrilegios. Al parecer, incluso Wolfgang Amadeus Mozart incluía contenido escatológico en sus cartas. En cambio, los apóstoles de la moral del siglo xv castigaban tales obscenidades con la extracción de la lengua o incluso la muerte. Hoy en día, las instituciones estatales se encargan de que las películas y canciones con este tipo de contenidos, además de otros, entren a formar parte de la lista de material audiovisual no aptos para menores.

El lenguaje vulgar tiene un poder inmenso; por ejemplo, permite expresar emociones extremas (como la ira y la frustración). Puede herir, reprimir y limitar. No obstante, debería apreciarse desde un enfoque diferente. Durante mucho tiempo, la investigación ha sido demasiado «fina» como para dedicarse a la parte «sucia» de la comunicación. No fue hasta 1973 que el ingeniero químico alemán Reinhold Aman (1936-2019) creó en Estados Unidos la disciplina científica denominada maledictología. Los expertos en esta ciencia, los maledictólogos, investigan el aspecto psicológico, sociológico, lingüístico y neurobiológico de las palabras soeces, los insultos y las blasfemias.

Sus estudios han revelado un fenómeno que puede sorprender a más de un mortal: ¡maldecir es beneficioso! Sirve de válvula de escape para las agresiones; además, alivia el estrés y el dolor (cuando nos golpeamos el pulgar con un martillo, por ejemplo). En otras ocasiones, utilizamos improperios de manera consciente para ofender a alguien.

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