Comida envasada e hiperactividad

Una sustancia química que incluyen numerosos plásticos afecta al desarrollo del cerebro del feto.

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En la última década, el bisfenol A (BPA) se ha convertido en un compuesto familiar para las embarazadas. Un estudio reciente sugiere que la exposición prenatal al BPA, no durante la infancia, puede relacionarse con ansiedad, depresión y dificultades de control del comportamiento, sobre todo en niñas de tres años de edad.

Más de un 90 por ciento de ciudadanos de EE.UU. presenta niveles detectables de BPA en la orina. Para la mayor parte de estas personas, la fuente de exposición a dicha sustancia consiste en la dieta. El BPA es un componente de la resina que cubre las latas de comida y los plásticos de algunos envases de alimentos y recipientes de bebidas, y se disuelve en los contenidos comestibles. Otras fuentes de exposición a BPA son tuberías de suministro de agua y recipientes de papel.

El equipo de Joe M. Braun, de la Universidad Harvard, estudió a 240 mujeres y a sus hijos de la zona de Cincinnati. Los investigadores recogieron muestras de orina de las madres dos veces durante el embarazo y a las 24 horas del parto; también de sus bebés a las edades de uno, dos y tres años. Se detectó BPA en el 97 por ciento de las muestras. Además preguntaron a los progenitores acerca de la conducta y las funciones ejecutivas (autocontrol y regulación emocional) de sus hijos. ¿Resultado? Cuanto mayor había sido la exposición de los niños al BPA en el útero, más ansiosos, deprimidos e hiperactivos se mostraban a los tres años y mayor dificultad presentaban para controlar sus emociones e inhibir sus conductas. Los efectos se revelaron más graves en las niñas. Tal como publicaba en noviembre de 2011 la revista Pediatrics, no se encontró ninguna correlación entre la conducta de los infantes y la exposición al BPA después de nacer.

«Para establecer los mecanismos precisos que subyacen al efecto del BPA en la conducta habrá que trabajar más», observa Braun. El BPA interfiere con el estrógeno (hormona sexual). En el cerebro esa acción podría afectar la migración y supervivencia de las neuronas. «Es justo decir que existe una preocupación razonable acerca de la toxicidad del BPA», apunta Braun. Por suerte es posible disminuir la exposición a la susodicha sustancia a través de la dieta. Según informaron los mismos investigadores en julio de 2011 en la revista Environmental Health Perspectives, veinte de los participantes cambiaron su dieta habitual, que incluía comida enlatada y empaquetada, por una a base de alimentos frescos. El cambio en la alimentación redujo los niveles de BPA en un 66 por ciento a los tres días.

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