Las raíces de la coerción sexual

El conflicto de intereses entre los sexos, propio de la reproducción sexual, es un reflejo de un fenómeno más general: la coerción social. Sus orígenes en la especie humana vienen de lejos.

CORTESÍA DE PABLO POLO

La visión tradicional de la reproducción sexual enfatiza su carácter cooperativo: ambos miembros de la pareja aportan lo mejor de sí mismos para generar un proyecto compartido y de mutuo beneficio, los hijos. Sin embargo, esta idea idílica de dos individuos embarcados en un proyecto reproductivo no se sostiene desde una aproximación biológica. La teoría evolutiva postula que los organismos están diseñados para maximizar su eficacia biológica individual, por lo que, salvo que sean genéticamente idénticos, la probabilidad de que alcancen al mismo tiempo esos objetivos divergentes es prácticamente nula. Por tanto, cuanto mayor sea la discrepancia entre los intereses de cada parte, más probable será que surjan conflictos en diferentes niveles de organización, desde el genético al conductual.

La perspectiva evolutiva propone que los factores y contextos de carácter general que favorecen la coerción sexual o violencia de género en los humanos resultan muy similares a los que se han identificado en otras especies animales. En ese sentido, las raíces filogenéticas de la coerción sexual en los humanos vienen de antiguo.

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