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Actualidad científica

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  • Noviembre/Diciembre 2012Nº 57

Psiquiatría

Más allá de la tristeza

La depresión es uno de los trastornos psiquiátricos más frecuentes: afecta a unos 340 millones de personas en todo el mundo y se estima que en 2020 supondrá la segunda causa de discapacidad. ¿Qué sabemos hoy por hoy de esta enfermedad?

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La tristeza constituye una de las emociones básicas del ser humano. Denota aflicción, pena, pesadumbre... dolor psíquico, en definitiva. La depresión es una enfermedad relacionada con esta emoción pero, por supuesto, va mucho más allá de ella. En el trastorno depresivo, la tristeza no se relaciona necesariamente con una causa externa y, en caso de que exista algún factor precipitante, la tristeza es claramente desproporcionada a este y no remite cuando se disipa. Se trata de un síndrome complejo que comprende un conjunto más amplio de síntomas: afectivos, cognitivos, conductuales y somáticos (véase el recuadro «Depresión: síntomas principales»).

En algunos casos, los pacientes pueden manifestar un enlentecimiento global, es decir, de los movimientos corporales y del pensamiento, de tal manera que se sienten casi incapaces de responder a órdenes sencillas o de ingerir alimentos sólidos o líquidos; se trata de los síntomas melancólicos graves. Otras veces, la percepción de la realidad puede verse alterada por el estado depresivo, dando lugar a ideas delirantes: los individuos se sienten plenamente convencidos de estar arruinados, de ser culpables de un delito o un pecado imperdonable; otros creen sufrir una enfermedad incurable y, en los extremos más graves, llegan a pensar que ya están literalmente muertos. En todos estos casos existe un alto riesgo de suicidio, por lo que se requieren un ingreso y un tratamiento inmediatos. En contrapartida, la probabilidad de respuesta a un tratamiento farmacológico u otra terapia neurobiológica es en estos casos muy elevada.

De todas formas, para llegar al diagnóstico de trastorno depresivo mayor no tienen por qué estar presentes todos los síntomas expuestos, aunque sí un buen número de ellos. También deben manifestarse de forma estable durante un tiempo significativo (como mínimo, dos semanas). Al diagnóstico se llega a través de una buena entrevista clínica. Para aumentar la objetividad y fiabilidad de este, los clínicos suelen basarse en los criterios de los sistemas de clasificación de enfermedades (Manual diagnóstico de los trastornos mentales —DSM— o Clasificación internacional de enfermedades —CIE—); asimismo, pueden apoyarse en escalas o instrumentos de evaluación específicos.

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