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Los problemas en la relación de pareja son la principal causa de la disfunción sexual femenina.

© FOTOLIA / PHB.CZ

Antes conocida como frigidez, la disfunción sexual femenina (DSF) ha supuesto siempre un diagnóstico controvertido. Los estudios recientes apuntan a las relaciones insatisfactorias y al rendimiento masculino como factores de riesgo. ¿De quién es el problema?

La DSF consiste en un diagnóstico general sobre dificultades en una o más de cuatro áreas concretas: deseo, dolor, excitación y orgasmo. Ahora bien, la controversia en torno a la DSF se ha centrado en dos cuestiones clave: si aquellos que se empeñan en considerarlo un trastorno fisiológico obtienen algún beneficio al medicalizarlo o si refleja el intento de la sociedad de patologizar la sexualidad femenina, la cual es variable por naturaleza. Según la sexóloga Andrea Burri, del Hospital Santo Tomás del Colegio Real de Londres y autora de un estudio publicado en septiembre de 2011 en el Journal of Sexual Medicine, «describir una disfunción sexual como una anomalía de causa fisiológica deja fuera factores relacionados con la sexualidad de la pareja de la paciente y factores de socialización. Creo que estamos usando el término de un modo demasiado arbitrario». A pesar de que Burri acepta que algunas mujeres sufren un impedimento fisiológico que contribuye al desarrollo de problemas sexuales, piensa que usar criterios diagnósticos sueltos clasifica sin exactitud a demasiadas mujeres en la categoría de la disfunción.

Burri evaluó para el diagnóstico de DSF a unas 1500 mujeres del Reino Unido. El 5,8 por ciento de ellas refirió tener problemas sexuales en fecha reciente, y un 15,5 por ciento indicó que presentaba una disfunción a lo largo de toda su vida. El deseo hiposexual fue el problema más destacado, y el factor que predecía la DSF con más frecuencia fue la insatisfacción en las relaciones. Esos datos apoyaban la crítica de que el concepto de DSF resulta engañoso porque implica que hay «algo» que no funciona en la mujer que «lo sufre», cuando en realidad es la relación el centro del problema. El estudio también halló que la ansiedad, la experiencia de abuso y el trastorno obsesivo compulsivo predecían con frecuencia la DSF crónica.

Asimismo, un estudio de junio de 2011 apuntaba las relaciones insatisfactorias como factor de riesgo para la DSF, además de la eyaculación precoz en el hombre. En este último caso, la disfunción del varón se convierte en la de la mujer, oscureciendo todavía más el diagnóstico.

En la actualidad, los investigadores tratan de minimizar algunos de esos problemas a través de la inclusión de la angustia personal como criterio diagnóstico de la disfunción sexual femenina. Dolor durante el acto sexual o ausencia de deseo, excitación u orgasmo no suponen un trastorno a no ser que causen un trastorno en la mujer. Ello no incluye la angustia que podría sentir ante la reacción de su pareja en la cama, explica Marita McCabe, de la Universidad de Deakin en Melbourne. Sin embargo, Burri advierte que el criterio de angustia presenta algunos obstáculos: «Una proporción considerable de mujeres que no refieren tener un problema sexual sí que expresan sentirse angustiadas acerca de su nivel de funcionamiento sexual, de modo que surge la cuestión de qué provoca que la mujer sienta ansiedad sexual. ¿Es en verdad un sentimiento intrínseco o lo causan las expectativas sociales?».

Sin tener en cuenta sus causas, la angustia en el sexo puede tratarse. McCabe demostró en octubre de 2011 que la terapia a través de Internet conseguía disminuir la disfunción sexual femenina si el tratamiento se centraba en tres objetivos principales: ayudar a las usuarias a sentirse más cómodas con su cuerpo, disminuir la ansiedad en situaciones sexuales y mejorar la comunicación con su pareja.

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