Una hormona de doble filo

Una prometedora diana farmacológica para medicamentos contra alteraciones anímicas alivia la ansiedad, pero también la causa.

Si alguna vez ha entrado en un lugar ruidoso y ha sentido un subidón de adrenalina, ha experimentado los efectos de la hormona liberadora de la corticotropina (CRH, por sus siglas en inglés). Dicha hormona desencadena la conocida respuesta de enfrentamiento o huida: palpitaciones, respiración entrecortada, manos sudorosas. Actúa como un mensajero químico y desempeña una función en la ansiedad y la depresión. Pero dicha función resulta más compleja de lo que nadie había sospechado.

Hace diez años se descubrió en animales que la CRH contribuye a la ansiedad y a la depresión, hallazgo que se aprovechó para desarrollar fármacos que bloquean las acciones de esta hormona en el cerebro. No obstante, los ensayos clínicos en pacientes de estos ansiolíticos y antidepresivos han resultado decepcionantes. En septiembre de 2011, Science publicaba el porqué. Jan M. Deussing, del Instituto Max Planck de psiquiatría en Múnich, y su equipo crearon ratones transgénicos en los que algunas de sus células cerebrales carecían de los receptores necesarios para detectar la presencia de CRH. Al no poseer este receptor en las neuronas que producen el neurotransmisor glutamato, los roedores manifestaban menos ansiedad, como era de esperar. Sin embargo, la ausencia de dichos receptores en las neuronas dopaminérgicas provocaba que los múridos se volvieran más ansiosos.

Cuando esos dos tipos de células nerviosas interaccionan con la CRH, presentan exactamente efectos opuestos en lo que se refiere a la conducta relacionada con la ansiedad, indica Deussing. Debido a que los fármacos «ineficaces» limitaban la cantidad de hormona disponible para todos los tipos de neuronas, terminaban por bloquear sus acciones en aquellas que a su vez producen y previenen la ansiedad. Ese hallazgo reafirma la creencia creciente de que los trastornos del ánimo no son el resultado de un simple desequilibrio químico, sino de cambios sutiles en múltiples sistemas cerebrales. «La red es mucho más compleja de lo que se había pensado antes», concluye Deussing.

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