El aburrimiento

De esa sensación no tienen la culpa el trabajo, ni el tráfico ni las tareas rutinarias. Para combatir el aburrimiento hay que encontrar un rumbo en la vida, disfrutar del momento y tener algo por lo que vivir.

© fotolia / Jason Stitt

En la silenciosa penumbra del aula magna empieza a librarse una frustrante lucha contra el cansancio. El zumbido del retroproyector no permite concentrarnos en las diapositivas. Se nos escapa información y dibujamos garabatos mecánicamente. El conferenciante parece deambular en otra galaxia. Hemos caído presa del aburrimiento.

Todos hemos experimentado esa sensación. La mayoría lo achacamos a un entorno anodino. "El modo habitual de definir el aburrimiento en la cultura occidental lo asocia a no tener nada que hacer", afirma Stephen Vodanovich, de la Universidad de West Florida. Por eso, las primeras investigaciones sobre los efectos del aburrimiento se realizaron con personas obligadas a desempeñar tareas monótonas; por ejemplo, trabajar en la cadena de montaje de una fábrica.

Sabemos hoy que el aburrimiento no se agota en una propiedad inherente a las circunstancias. Antes bien, esa sensación subjetiva hunde su origen en la conciencia. El grado de aburrimiento varía según la persona: hay individuos mucho más propensos al hastío que otros. Los extrovertidos, en particular, se revelan especialmente expuestos.

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