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  • Enero/Febrero 2019Nº 94

Psicología

Diagnóstico desde la lejanía

¿Lutero era obstinado? ¿Trump es un narcisista? Las valoraciones psicológicas a distancia gozan de popularidad, pero ¿qué pueden saber y decir los científicos sobre personas que nunca han evaluado personalmente?

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«Soporté un servilismo casi infame», escribía en vida el famoso filólogo clásico y teólogo Felipe Melanchthon (1497-1560), una de las figuras centrales de la Reforma en Alemania, a un amigo en 1548. El hombre del que se consideraba como su siervo «obedecía más a su temperamento, en el que había no poca ansia de disputa y dogmatismo, de lo que hubiera observado en su apariencia y en el bien común». Melanchthon escribió estas líneas unos dos años antes de que falleciera Martín Lutero (1483-1546), del que había sido estrecho confidente y amigo durante casi tres décadas.

El hecho de que Lutero no esquivara disputa alguna y que, con frecuencia, se mostrará algo grosero en esas riñas lo han resaltado muchos cronistas. El escritor Thomas Mann (1875-1955) destacaba el «grobianismo colérico» del reformador, a quien describía como un «gruñón» y «pendenciero». En la terminología de la psicología actual, se podría indicar que la personalidad de Lutero se caracterizaba por una tolerancia extraordinariamente limitada. «Cuando se trataba de su verdad teológica, se mostraba completamente radical y con una fuerte pretensión absolutista, incluso hacia los amigos», señala Heinz Schilling, historiador emérito de la Universidad de Humboldt en Berlín y biógrafo de Lutero. Después de todo, esta característica de Lutero explica parte de su éxito, pues seguramente sería difícil leer en los libros de historia sobre un monje reformista que estuvo siempre en armonía y equilibrio.

Pero ¿cómo eran los demás rasgos de personalidad de Lutero? Su sensibilidad por el arte y la música pueden servir como indicio de una gran apertura a las experiencias. Su impulsividad, pero también su lucha contra el diablo y los demonios a lo largo de toda la vida, podrían interpretarse como neuroticismo. Su inclinación a la sociabilidad, que reflejan los legendarios discursos de sobremesa, entre otras fuentes, y la falta de timidez ante las grandes presentaciones hablan de un alto grado de extraversión. El sentido del deber que le caracterizaba, según su biógrafo Schilling, hace pensar en una marcada minuciosidad.

Aunque no es usual que los historiadores empleen de esta manera los llamados «cinco grandes», es decir, las cinco categorías más importantes de la psicología de la personalidad contemporánea, su empleo en relación a la figura del teólogo de Wittenberg con motivo del quinto centenario de la Reforma protestante el año pasado fue de recibo. Pero ¿es posible evaluar a una persona que lleva muerta más de 450 años? ¿Y qué decir de la tendencia de los psicólogos y psiquiatras que efectúan valoraciones en los medios de comunicación de celebridades a las que nunca han conocido, incluso hasta el punto de afirmar diagnósticos psiquiátricos, como que Mozart sufría un trastorno bipolar o que la actriz Angelina Jolie y el cantante Robbie Williams padecen un trastorno límite de personalidad?

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