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La atención continua es una ilusión

Nuestra concentración máxima trabaja de forma intermitente: se activa y desactiva cuatro veces por segundo 

Getty Images / MF3d / iStock

Al contrario de lo que nos pueda parecer, la atención no funciona como un proceso continuo; es intermitente, como las imágenes de un estroboscopio. Investigadores de las universidades Princeton y de San Francisco en Berkeley han ­comprobado en dos estudios, uno con chimpancés y otro con humanos, que la atención se activa y desac­tiva cuatro veces por segundo: cada 250milisegundos nuestra percepción oscila entre la concentración máxima y una consciencia situacional más amplia. Los resultados de sendas investigaciones se han publicado en Neuron.

El ritmo de ese proceso lo marcan las ondas cerebrales theta de la red frontoparietal, indican los autores. Estas ondas son oscilaciones en la actividad de las neuronas que abarcan un intervalo de 3 a 8 hercios y que hasta ahora se relacionaban, sobre todo, con la somnolencia y las fases menos profundas del sueño. Pero también modulan nuestro grado de atención, ya que coordinan la actividad rítmica y cambiante de otras dos ondas cerebrales, a saber, las beta, que se encuentran en una parte del lóbulo frontal, y las gamma, en una región del lóbulo parietal. Grosso modo, la interacción de ambas es responsable de guardar el equilibrio entre la supresión y el procesamiento de los estímulos del entorno.

Pero ¿cómo podemos compaginar este cambio con nuestra percepción constante del mundo? «El cerebro aúna todas nuestras percepciones en una película completamente coherente», explica Randolph Helfrich, autor principal del estudio con humanos. «Nuestra aprehensión subjetiva del mundo visual es una ilusión», añade la psicóloga y neurocientífica Sabine Kastner, quien ha participado en ambos estudios. La propia percepción es discontinua: «Tiene lugar a intervalos cortos, a través de los que, más o menos, podemos captar la realidad».

Los investigadores describen la atención como una especie de faro que se apaga y se enciende cada 250 milisegundos. De ese modo, el cerebro obtiene una ­visión general de la situación. «Y tiene la oportunidad de establecer prioridades», afirma Ian Fiebelkorn, responsable principal del estudio con macacos. Al parecer, los procesos rítmicos surgieron pronto en la evolución. «Se dan en primates no homínidos y en nuestra propia especie.»

Fuentes: Neuron, vol. 99, págs. 842-853, 2018; Neuron, vol. 99, págs. 854-865, 2018

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