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Actualidad científica

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  • Mente y Cerebro
  • Enero/Febrero 2019Nº 94
Caso clínico

Neurología

La mujer marioneta

La paciente U. realiza movimientos anómalos, como si alguien la teledirigiera. En su cerebro, las regiones responsables de que nos percibamos autores de los propios actos no funcionan bien.

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La joven U., de veinte años de edad, acude a mi consulta acompañada de sus padres. Desde hace dos meses sufre unos temblores incontrolables. Todo empezó el día siguiente de un accidente de tráfico: el vehículo en el que viajaba de acompañante y que se encontraba detenido en un semáforo fue embestido por otro automóvil. El choque no pareció excesivamente violento. Ella y el conductor se asustaron, pero todos regresaron a su casa después de anotar los partes. Sin embargo, a la mañana siguiente, empezaron los problemas.

Cuando exploré a la paciente, observé que los temblores apenas se parecían a los que suelen atender los neurólogos en los casos de párkinson u otras enfermedades neurodegenerativas. El temblor de U. variaba mucho de un instante a otro: ora amplio, ora reducido, ora horizontal, ora vertical, ora en un brazo, ora en las cuatro extremidades. A menudo, solo con pedir a la joven que se concentrara en una actividad cognitiva (por ejemplo, en un cálculo mental), el temblor cesaba casi por completo.

Varios indicios me hacían pensar en que esos movimientos no tenían un origen neurológico en el sentido habitual del término. ¿Fingía la paciente? Nada lo hacía pensar. Le pedí que dejara de temblar. Ofendida, me respondió que, si de ella dependiese, no habría acudido a la consulta. No era ninguna simulación, sino más bien un trastorno psicógeno, conversivo, anorgánico, estérico, somatoforme, por emplear solo algunos de los términos floridos que los médicos utilizamos para enmascarar nuestra perplejidad. De manera análoga, algunos pacientes se sienten paralizados, cegados o enmudecidos sin que exista ninguna lesión en el sistema nervioso ni una simulación deliberada.

Los movimientos de la joven U. reunían todas las características de un acto voluntario, si no fuera porque ella no se sentía la actora. Los movimientos carecían de sensación de agentividad. Este neologismo designa la percepción de que nosotros somos el origen de nuestros actos.

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