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THE INKBLOTS
HERMANN RORSCHACH, HIS ICONIC TEST, AND THE POWER OF SEEING
Por Damion Searls
Crown Publishers, Nueva York, 2017


Primera biografía de Hermann Rorschach (1884-1922) y de la historia del test que lleva su nombre, creado en 1921. Una vida harto desconocida y un test muy controvertido. Artista visual, Rorschach pensaba que lo observado era más importante de lo que la ciencia de su tiempo suponía. Tras la temprana muerte de su creador, a los 38 años, el test se aplicó a candidatos a la milicia, aspirantes a puestos de trabajo, padres en disputa por la custodia de los hijos y posibles enfermos mentales. Se generalizó y popularizó de tal suerte, que lo incorporaron la industria cinematográfica y la cultura popular. Damion Searls, quien ha buceado en la correspondencia inédita, diarios y entrevistas con su familia, amigos y colegas, expone la relación entre arte y ciencia a través del impacto ejercido por el test en la psicología moderna.

Su corta vida estuvo atravesada por la tragedia, la pasión y el descubrimiento. Desde niño mostró su deseo de ser médico. A los 19 años, escribiría a su hermana que no le gustaba tanto leer libros cuanto leer la personalidad de los demás. Lo más interesante de la naturaleza, apostillaba, es el alma humana, y la cosa más excelsa que una persona puede realizar es sanar almas enfermas. No era de familia rica, pero se le buscaron los medios para que pudiera ingresar en la universidad. A los 20 años se matriculó en la Universidad de Zúrich. A comienzos del siglo xx, Zúrich había reemplazado a Viena como epicentro de la revolución freudiana. Su clínica psiquiátrica universitaria, conocida por la Burghölzli, fue la primera en usar métodos psicoanalíticos para el tratamiento. Eugen Bleuler, supervisor de Rorschach, fue un psiquiatra prestigioso que introdujo las teorías de Sigmund Freud en la medicina profesional. También asistió a las clases de Carl Jung, quien en 1908 anunció que abandonaba el enfoque anatómico en la Clínica de Zúrich para centrar­se en la investigación psicológica de las enfermedades mentales. Rorschach absorbió su mensaje.

Al examinar a los pacientes sirviéndose de diversos enfoques, de la hipnosis a la asociación de palabras, descubrió que se requería un método que funcionase en una sola sesión y capaz de producir un «cuadro unificado».

A diferencia de los tests de inteligencia, su mazo de diez tarjetas con imágenes de borrones de tinta, simétricas y sin pies de figura, no valúa la corrección o el error de la respuesta, sino que se atiene a la interpretación que da el observador. Con sus cinco láminas en blanco y negro, dos en color rojo y tres en varios colores, constituye el arquetipo de método proyectivo de psicodiagnóstico. Las manchas de tinta presentan ambigüedad y falta de estructura. La simetría obedece a la forma original de construcción: doblar la lámina, en cuyo centro se había vertido la mancha de tinta. Ante las manchas desplegadas, el psiquiatra pregunta al sujeto qué percibe. De acuerdo con la respuesta, pergeña su talante y personalidad.

Aunque no sistematizada en test, la interpretación de imágenes (reales o ficticias) tiene una larga historia anterior a Rorschach y abarca figuraciones de muy diverso origen, lo mismo los monstruos de una arboleda nocturna, que el paso de las nubes, las manchas de tinta o las humedades de las paredes. Un precursor reconocido fue Justinus Kerner (1786-1862), médico y poeta a quien la patología le debe la descripción del botulismo. Publicó unas Klecksographien o «cartulinas de manchas de tinta» a modo de incursiones en el mundo del espíritu.

A mediados de 1917, Rorschach visitó la Clínica Universitaria de Zúrich y conoció a Szymon Hens, joven polaco de 25 años, quien preparaba su disertación doctoral. La tesis, publicada en diciembre de ese año y dirigida por Bleuler, versaba sobre una prueba de fantasía con ocho manchas carentes de forma predeterminada y presentadas a niños, adultos y enfermos mentales. Rorschach había llegado a Herisau dos años antes, en 1915. Y en su clínica desarrolló su test de manchas de tinta. Era el primer asilo suizo construido de acuerdo con el sistema de pabellones, con contornos ajardinados separados para impedir la propagación de las infecciones y por beneficios terapéuticos.

A medida que Rorschach fue depurando la composición de su test, fue madurando la conformación del experimento con las tarjetas. Puesto que le importaba la percepción, preguntaba a los probandos no lo que descubrían, imaginaban o aventuraban, sino lo que realmente veían. Las personas reflejaban en las respuestas su grado de inteligencia, carácter y personalidad, sus trastornos mentales y otros problemas patológicos. De la mano de las manchas de tinta, Rorschach comenzó a distinguir tipos de enfermedad mental, diferenciación imposible con los medios al uso. Lo que empezó siendo un experimento se convirtió en un test.

Llegó a la conclusión de que las respuestas de los probandos afloraban cuatro aspectos principales. Anotaba, en primer lugar, si se rechazaba el test. No lo rechazaban las personas normales; sí halló psicóticos reacios. En segundo lugar, se fijaba si el sujeto atendía a la mancha entera o se detenía en una parte de la misma. Categorizaba las respuestas de acuerdo con la propiedad formal de la imagen en que se basaba. La mayoría se fundaba en las formas aparentes del borrón: un murciélago, un oso, etcétera. Las denominó respuestas de forma (F). Otras se apoyaban en el color (C): un cuadrado azul evocaba la flor nomeolvides; una forma roja, un arrebol alpino. Las que indicaban formas en movimiento (osos bailando, elefantes besándose, etcétera) eran respuestas de movimiento (M). Por último, Rorschach no dejó de prestar atención al contenido de las respuestas.

La repercusión del test y su difusión tuvieron que ver con su aceptación en la clínica estadounidense. David Levy, director en 1927 del neoyorquino Institute for Child Guidance, había pasado un año en Suiza investigando sobre el test de Rorschach, y su discípulo Samuel Beck, a quien entregó un ejemplar de Psicodiagnóstico de Rorschach, consideró el test de las manchas de tinta como el descubrimiento de su vida.

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