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Barrera hematoencefálica

El cerebro está protegido de las sustancias peligrosas y de los patógenos por un sistema especial, una barrera que la ciencia comienza a franquear para introducir medicamentos indicados en el tratamiento de las enfermedades neurológicas.
Berlín, 1885. Azul, todo es azul. Los músculos, los vasos y los órganos, el cuerpo entero del cobaya aparece teñido de esa coloración. Sólo hay un órgano al que no ha llegado el marcador químico: el cerebro. En su laboratorio de la Charité, Paul Ehrlich (1854-1915) ha inyectado anilina en la sangre de una rata. Viene ensayando desde hace años con distintos métodos de tinción para hacer visibles, bajo el microscopio, las células y los tejidos. Con el azul de índigo ha obtenido un enorme éxito. Sólo el sistema nervioso central, es decir, el encéfalo y la médula espinal, se resiste a la tinción.
Los experimentos de Ehrlich suponen la primera demostración experimental de la existencia de la barrera hematoencefálica, de vital importancia, que mantiene alejadas de las células nerviosas las sustancias peligrosas. Esa barrera controla lo que entra en el cerebro por vía sanguínea, filtra las sustancias tóxicas y deja pasar los nutrientes y los gases de la respiración. El cerebro opera, por así decir, en un espacio vigilado. El motivo de esa acotación, si lo comparamos con los demás órganos, estriba en la fina sensibilidad de la función cerebral, que podría verse dañada por muchas sustancias extrañas: venenos del medio o de la alimentación y hormonas endógenas. Si se permitiera un acceso indiscriminado al cerebro y se interrumpiera su comunicación interna, se produciría el caos.

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