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1 de Septiembre de 2018
Psicopatología

La dentista que temía tocar a sus pacientes

Raquel B., odontóloga, vive un calvario cotidiano: tiene miedo de contaminar a las personas que acuden a su consulta. ¿Como puede curarlos si ni siquiera se atreve a estrecharles la mano?

ISTOCK / GEVENDE

En síntesis

La dentista Raquel B. estaba obsesionada con la idea de contaminar a sus pacientes. ¿Cuál era el motivo de su obsesión? ¿Cómo se la podía ayudar a superar el problema?

El trastorno obsesivo-compulsivo (TOC) afecta a una de cada cincuenta personas y adopta formas variadas, entre ellas, rituales de desinfección y conductas repetitivas de verificación.

Los estudios de neuroimagen revelan que la actividad cerebral de estos pacientes presenta anomalías. No obstante, estas desaparecen una vez se ha superado el trastorno.

Raquel B., dentista de profesión, sufre un problema poco común: tiene miedo a contraer el sida en cualquier momento y a transmitirlo a otras personas. Su temor la paraliza y transforma su vida en un suplicio constante. Ya se «hundió» en la primera consulta dental; y la siguiente no se presenta mucho mejor. De entrada, su aspecto resulta, por decirlo de algún modo, bastante curioso: lleva peto, gafas de protección, casco de plexiglás y dos pares de guantes superpuestos. Nunca estrecha la mano a los pacientes; nunca toca el dinero, y se pasa todo el tiempo desinfectando los instrumentos de trabajo. La consulta se antoja igual de extraña. Por una parte, los mangos de todas las puertas están revestidos con un plástico protector; por otra, el polvo se acumula en muchos rincones de la estancia. Estos lugares se hallan contaminados y requieren cuarentena, señala Raquel. Por esa misma razón, los objetos y las pilas de revistas que allí se encuentran no se pueden tocar ni desplazar, lo cual impide una limpieza profunda. Para colmo de la ironía, los pacientes se asustan de una consulta con una higiene tan dudosa.

Cuando acude a mi consulta, Raquel se muestra triste. Rumia sobre su presente profesional, al que apenas ve salidas. Le gustaría cambiar de trabajo, pero no sabe hacer otra cosa. Su vida personal tampoco funciona mucho mejor: ya no frecuenta los restaurantes y, desde hace siete años, no mantiene relaciones sexuales con su marido por miedo a contaminarlo. Su terror la paraliza hasta el punto de que no se atreve a solicitar un análisis de sangre para comprobar si padece el sida. Nunca va a casa a comer, aunque vive a dos pasos de la consulta. «Es demasiado complicado», me explica. En efecto, ese proceso se convierte en toda una aventura. Cada vez que vuelve a su domicilio, se desnuda por completo a la entrada de la casa, donde aguarda un dispositivo para esterilizar la ropa. Deposita toda su vestimenta, también las bragas y el sujetador, en el interior del aparato (usa una indumentaria exclusiva para trabajar). Luego, se encierra un par de horas en el cuarto de baño para descontaminarse. Solo después abraza al marido y a los hijos.

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