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Actualidad científica

  • 20/02/2019 - Geología

    Un corrimiento de tierras que vaporizó la roca

    Un terremoto hizo que una gigantesca cantidad de material rocoso se deslizase. Se generaron entonces unas temperaturas extremas.

  • 20/02/2019 - Métodos de investigación

    Cuando se paga la participación en un estudio, algunas personas mienten

    Entre el 10 y el 23 por ciento de candidatos para participar en una encuesta remunerada no dicen la verdad para que se les elija. Al parecer, la cantidad de dinero no importa.

  • 19/02/2019 - Paleontología

    ¿Acabaron los tiburones blancos con los megalodontes?

    Por desgracia, los megalodontes solo existen ya en el cine. Sigue, sin embargo, sin estar claro por qué se extinguieron aquellos tiburones gigantes. La datación de los fósiles apunta una nueva causa.

  • 19/02/2019 - Psiquiatría

    Revertir la depresión, pero solo en machos

    En ratones, la deleción de una proteína, en determinadas neuronas, favorecería la aparición de conductas depresivas. En cambio, su activación revertiría el efecto. Para sorpresa de los investigadores, dichas alteraciones de comportamiento únicamente se observaron en roedores de sexo masculino

  • 18/02/2019 - Sociología de la ciencia

    La influencia del prestigio en la difusión de las ideas

    Un modelo inspirado en el contagio de enfermedades infecciosas muestra que las ideas que se originan en instituciones prestigiosas llegan más lejos que otras igualmente buenas pero que nacen en centros más modestos.

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  • Mente y Cerebro
  • Septiembre/Octubre 2018Nº 92
Caso clínico

Psicopatología

La dentista que temía tocar a sus pacientes

Raquel B., odontóloga, vive un calvario cotidiano: tiene miedo de contaminar a las personas que acuden a su consulta. ¿Como puede curarlos si ni siquiera se atreve a estrecharles la mano?

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Raquel B., dentista de profesión, sufre un problema poco común: tiene miedo a contraer el sida en cualquier momento y a transmitirlo a otras personas. Su temor la paraliza y transforma su vida en un suplicio constante. Ya se «hundió» en la primera consulta dental; y la siguiente no se presenta mucho mejor. De entrada, su aspecto resulta, por decirlo de algún modo, bastante curioso: lleva peto, gafas de protección, casco de plexiglás y dos pares de guantes superpuestos. Nunca estrecha la mano a los pacientes; nunca toca el dinero, y se pasa todo el tiempo desinfectando los instrumentos de trabajo. La consulta se antoja igual de extraña. Por una parte, los mangos de todas las puertas están revestidos con un plástico protector; por otra, el polvo se acumula en muchos rincones de la estancia. Estos lugares se hallan contaminados y requieren cuarentena, señala Raquel. Por esa misma razón, los objetos y las pilas de revistas que allí se encuentran no se pueden tocar ni desplazar, lo cual impide una limpieza profunda. Para colmo de la ironía, los pacientes se asustan de una consulta con una higiene tan dudosa.

Cuando acude a mi consulta, Raquel se muestra triste. Rumia sobre su presente profesional, al que apenas ve salidas. Le gustaría cambiar de trabajo, pero no sabe hacer otra cosa. Su vida personal tampoco funciona mucho mejor: ya no frecuenta los restaurantes y, desde hace siete años, no mantiene relaciones sexuales con su marido por miedo a contaminarlo. Su terror la paraliza hasta el punto de que no se atreve a solicitar un análisis de sangre para comprobar si padece el sida. Nunca va a casa a comer, aunque vive a dos pasos de la consulta. «Es demasiado complicado», me explica. En efecto, ese proceso se convierte en toda una aventura. Cada vez que vuelve a su domicilio, se desnuda por completo a la entrada de la casa, donde aguarda un dispositivo para esterilizar la ropa. Deposita toda su vestimenta, también las bragas y el sujetador, en el interior del aparato (usa una indumentaria exclusiva para trabajar). Luego, se encierra un par de horas en el cuarto de baño para descontaminarse. Solo después abraza al marido y a los hijos.

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