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  • Septiembre/Octubre 2018Nº 92

Psicología

La esencia del yo

¿Sabemos realmente cómo somos? Las investigaciones revelan que, con gran probabilidad, nos conocemos a nosotros mismos peor de lo que pensamos.

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Somos como un libro abierto para nosotros mismos: conocemos nuestros rasgos de personalidad, gustos, deseos y miedos; también nuestras preferencias y habilidades. Aunque esta idea se encuentra muy extendida, con toda probabilidad, es errónea. Según los psicólogos, no posee­mos un acceso privilegiado a nuestro propio yo. Cuan­do nos observamos, nos movemos entre tinieblas, como si estuviéramos ante un desconocido. Repasemos las diez principales causas y los hallazgos más relevantes que explican por qué nuestro yo verdadero queda, en parte, oculto a nosotros mismos, pero con frecuencia, visible a los demás.

 

1. Visión distorsionada

Emily Pronin, investigadora de la personalidad de la Universidad de Princeton, destaca el fenómeno de la ilu­sión de introspección. Al parecer, la mirada subjetiva interior se halla distorsionada, pero no nos percatamos de ello. ¿Consecuencia? La autoimagen suele tener poco que ver con nuestra conducta real. Por ejemplo, de vuelta a casa, en una noche de invierno con un frío glacial, podemos cruzarnos, sin mostrar interés o preocupación, con una persona sintecho y, al mismo tiempo, estar convencidos de que somos compasivos y generosos.

Según Pronin, la explicación de esa falta de correspondencia es sencilla. No queremos ser avaros, soberbios o cerriles, por lo que suponemos que tampoco lo somos. Para apoyar su tesis, la investigadora refiere la mala gestión del tiempo que profesan muchas personas, pero su ceguera ante esa conducta. Así, la mayoría de los humanos reconocemos en nuestros compañeros de trabajo que perderse en los detalles incrementa la montaña de tareas pendientes por resolver. En cambio, la idea de poca efectividad no la asociamos con nosotros mismos. Nuestro objetivo es efectuar bien el trabajo que nos corresponde, por lo que gestionamos el tiempo de la mejor manera; pensar lo contrario significaría negar la propia capacidad de tener las tareas bajo control.

Pronin comprobó su hipótesis con diversos experimentos. En uno de ellos, los sujetos formaban parte de un proceso de selección. Tras la prueba, se les comunicaba que habían sido rechazados, pero se les pedía que indicaran los puntos del procedimiento que les habían parecido débiles. Aunque la valoración de los probandos estaba «expresamente» sesgada (no solo habían fracasado en la prueba, sino que también debían criticarla), la mayoría de los participantes afirmaron que habían sido imparciales en sus apreciaciones. Un resultado similar se observó en relación con la evaluación de unas obras de arte: aunque los sujetos argumentaban, tal como se les había indicado, por qué un cuadro determinado resultaba «poco estético», explicaron que su criterio era objetivo y justo. Pronin señala que los humanos tendemos a ocultarnos a nosotros mismos nuestra manifiesta parcialidad.

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