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Actualidad científica

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  • Septiembre/Octubre 2018Nº 92

Etología

«No era valentía, era mi sueño»

Con solo 23 años, Jane Goodall viajó a África para investigar a los chimpancés en libertad. Hoy en día se la considera la mayor experta en estos fascinantes animales.

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A lo largo de su vida ha hecho muchas cosas poco habituales para una mujer joven de su época. A los 23 años, se fue a África; y con 26, empezó a observar los chimpancés que vivían en libertad en Tanzania. ¿Qué la impulsó a ello?

Ya nací con un gran amor hacia los animales. Y mi madre siempre me conseguía libros sobre ellos, porque pensaba que así aprendería más rápido a leer. De esta manera conocí al doctor Dolittle y su historia, en la que devuelve a África unos animales de circo. Me impresionó. Con diez años, devoré Tarzán de los monos y me enamoré locamente de ese héroe de la jungla. Un deseo emergió en mí: cuando fuera mayor iría a África; viviría con animales salvajes y escribiría libros sobre ellos.

Eso es justo lo que ha hecho.

Efectivamente, lo hice. Nunca tuve el sueño de ser científica, puesto que por aquel entonces las chicas no eran investigadoras. Se casaban y tenían hijos. A lo mejor podías cursar una formación para ser secretaria o enfermera. No puede compararse con las posibilidades que tienen las mujeres hoy en día.

Eso confiere todavía más valentía a su decisión de irse sola a África.

No era valentía, era mi sueño.

Antes de que empezara con su trabajo de campo, apenas se sabía algo sobre la vida de los simios. ¿Cómo se ganó la confianza de los chimpancés?

Con mucha paciencia. Duró semanas hasta que me gané su confianza; a menudo era frustrante. Al principio, todos los chimpancés salían corriendo tan pronto como me veían. Cada día vestía la misma ropa: una camisa clara y unos pantalones cortos. Siempre intentaba mantener la distancia y no acercarme de­masiado rápido a ellos. Y fingía no tener el más mínimo interés en ellos. Por ejemplo, cavaba pequeños agujeros en la tierra o simulaba que comía hojas. Pensaba que tarde o temprano sentirían curiosidad y se percatarían de que no era peligrosa. Un día, uno de los simios, al que llamé David Greybeard, perdió el miedo hacia mí. Creo que eso ayudó mucho a que los demás vieran que yo no representaba ninguna amenaza. Sin embargo, hubo un tiempo muy difícil en el que el miedo de los animales se convirtió en agresiones hacia mí. Me trataban como a un enemigo e intentaban­ ahuyentarme.

¿Qué hacían?

Me chillaban. Me lanzaban palos y ramas. Una vez, uno de ellos me atacó y me dio en la cabeza. Intenté fingir que estaba comiendo y que todo eso no me interesaba lo más mínimo.

 

 

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