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  • Septiembre/Octubre 2018Nº 92

Filosofía

Orígenes del ­autoconocimiento

«Conócete a ti mismo.»Este aforismo del oráculo de Delfos continúa vigente para quien desea alcanzar una vida plena. Pero, en la Antigua Grecia, esta premisa iba más allá de estimar las propias capacidades de manera correcta.

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Gerentes petulantes, banqueros soberbios, políticos inmunes a la crítica y deportistas engreídos. Todos conocemos casos de personas que sobrestiman sus capacidades y fortalezas y que persiguen metas desmesuradas y poco realistas. Son un efecto secundario del mundo mediático en el que vivimos, obsesionado por el prestigio. Pero no se trata de un fenómeno actual; ya en la Antigüedad se conocían los peligros que presenta la arrogancia.

Los griegos acuñaron un término, aún en uso, para definir esta actitud: hibris («desmesura»). Situaban el origen de esa sobrestimación en el manejo imprudente del éxito y la abundancia. Las personas denominadas hybristai se caracterizaban por creer que estaban por encima de las demás; incluso se consideraban iguales a los dioses. También mostraban falta de respeto hacia las autoridades; tendían a la desmesura; infringían la ley y menospreciaban los límites de la existencia humana. En la poesía y la historiografía griegas existen numerosas representaciones gráficas de este tipo de humanos. Ejemplos clásicos fueron Creso y Jerjes, rey de Lidia y de Persia, respectivamente. Las campañas militares en Grecia de este último terminaron en una derrota devastadora. También en Grecia se conocía este fenómeno. El estadista ateniense Solón (en torno a los años 640-560a.C.) atribuyó la crisis sociopolítica de su época a la hibris de la clase aristócrata griega: en ella vio la causa de la guerra civil y la ruina del Estado. El filósofo Heráclito (520-460 a.C.) advertía: «Urge más extinguir la hibris que un gran incendio».

En la Antigua Grecia, el autoconocimiento se utilizó como remedio contra esa «enfermedad del sentido». Numerosos políticos, sacerdotes, poetas, historiadores y filósofos señalaron desde el siglo vi a.C. la necesidad de la autocontemplación para lograr una buena convivencia. No se trataba tanto de iluminar las fortalezas y las debilidades de uno mismo, como de reconocer los límites de la existencia humana. La relevancia que se concedía a esta postura se refleja en el llamamiento al autoconocimiento inscrito en el Templo de Apolo en Delfos, el oráculo más importante de Grecia.

La elección del lugar no fue casual. Homero ya presentaba al dios Apolo, una de las figuras más poderosas del Panteón griego, como reclamante de autoconocimiento. Sabemos por Pausanias (circa 115-180 d.C.) que la máxima se encontraba en el pórtico (pronaos) del templo: al visitante se le saludaba con los imperativos esculpidos en mármol «Conócete a ti mismo» (gnôthi seautón) y «¡Nada en exceso!» (medèn ágan). Sobre la procedencia y antigüedad exactas de estos aforismos no se tienen datos precisos, en parte, a causa de las escasas y, a menudo, contradictorias fuentes. Con todo, la mayoría de los arqueólogos coinciden en que datan del siglovi a.C. Al parecer, comenzaron a circular en la época de la crisis política, que se agudizó hacia el año 600 a.C. en Atenas, e iban dirigidas a la élite aristocrática, la cual se encontraba implicada en rivalidades. Su autoría continúa siendo motivo de controversia. Platón (428/427-348/347a.C.) apoyaba que el gnôthi seautón lo había acuñado uno de los pensadores del honroso grupo denominado los Siete Sabios, al que pertenecían, entre otros, Tales de Mileto (624/623-548/544 a.C.), Pítaco de Mitilene (651-570 a.C.) y el ya mencionado Solón de Atenas

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