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Actualidad científica

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  • Mente y Cerebro
  • Mayo/Junio 2011Nº 48

Cambio fundamental en las estructuras de pensamiento

Desde hace décadas crece el promedio de cociente intelectual en todo el mundo. El psicólogo Heiner Rindermann aclara la razón del fenómeno y la función que desempeñan en ello los nuevos medios.

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Profesor Rindermann, ¿somos cada vez más inteligentes?

Al menos, las personas en todo el mundo puntúan mejor en los tests de inteligencia que hace dos o tres generaciones. Cuanto más se retrocede en el tiempo, mayor es la diferencia: hasta 20 o 30 puntos de diferencia en el cociente intelectual (CI) en comparación con el comienzo del siglo xx. El politólogo neozelandés James Flynn fue el primero en documentar de forma sistemática tal incremento en distintos países. Por este motivo hoy hablamos del «efecto Flynn».

Quizá las personas han aprendido simplemente a adaptarse mejor a esos tests...

Esa sería la contratesis crítica: los sujetos experimentales pueden responder mejor a las preguntas, pero no se han vuelto más inteligentes. Por ello deben buscarse más indicadores sobre si realmente ha mejorado la capacidad intelectual en las últimas décadas. Un factor muy importante es que, como mínimo, las personas en los países desarrollados acuden durante más más tiempo a la escuela que hace 50 años; la educación fomenta naturalmente la inteligencia. Asimismo, determinadas formas de superstición, como las brujas o los demonios, están menos difundidas en la actualidad. La racionalidad ha aumentado.

Con lo cual llegaríamos a una pregunta difícil: ¿Qué es propiamente la inteligencia?

En primer lugar, la inteligencia es la capacidad de pensar. Dentro de ella se incluye poder sacar conclusiones lógicas o deducir reglas generales a partir de observaciones. Reconocer las afinidades de cosas diferentes y construir conceptos son otras competencias que la componen.

¿No es demasiado occidental este planteamiento rigurosamente lógico?

Cierto. Un ejemplo conocido de cómo otras culturas tratan este tema son las investigaciones del psicólogo ruso Alexander Luria. En los años treinta del siglo xx quiso investigar la inteligencia de los campesinos uzbecos, poniéndoles tareas como: «Allí donde siempre hay nieve, los osos son blancos. En el norte de Siberia siempre hay nieve. ¿De qué color son allí los osos?». Algunos de los campesinos a los que se les preguntaba rehusaban por sistema responder a la pregunta. Al fin y al cabo ellos nunca habían estado en el norte de Siberia, por lo que tampoco podían saber de qué color eran allí los osos. No solo no se habían introducido en absoluto en la estructura lógica de la pregunta, sino que querían hacer valer solo su propia experiencia.

 

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