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Desde el manicomio a la psiquiatría comunitaria

Una biografía profesional y personal resume 60 años de la historia psiquiátrica en Alemania y España.

© Dreamstime / Kts

Regresemos a los años cincuenta del siglo XX, en el sanatorio psiquiátrico provincial Nuestra Señora de la Fuencisla en Segovia. Durante mi etapa adolescente comencé a frecuentar este «manicomio» situado en el bello paraje serrano entre Segovia y La Granja de San Ildefonso. Allí trabajaba mi padre, el también psiquiatra Agustín Jimeno Cattaneo, siguiendo las normas asistenciales de La psiquiatría activa de H. Simon: todos los enfermos, incluso los catatónicos, debían estar activos. En Segovia, las mujeres en corro, en el patatero de la cocina, pelaban lentamente patatas, algunas faenaban en la alpargatería, otras en el costurero donde bordaban en la mejor artesanía segoviana preciosos manteles y juegos de sábanas. Los hombres se empleaban en las vaquerías, en la labranza, en el cuidado de cerdos y gallinas. Mi padre llevaba fichas de cada uno de los pacientes en la «laborterapia», nombre por aquel entonces todavía en desuso. El hospital no solo era autosuficiente, sino que abastecía al Hospicio, y al Hospital Provincial. En una limpia aunque pobre enfermería se administraban electrochoques y curas de Sakel de insulina, como se hacía en los mejores centros sanitarios. Hoy sin embargo nos horrorizaríamos de las precarias condiciones de aquellos tratamientos.

Existía en la finca paludismo endémico, herencia de las tropas de regulares que se albergaron allí durante la Guerra Civil. Mi padre realizó observaciones sobre el paludismo espontáneo en los esquizofrénicos a semejanza de las curas eficaces con paludismo que empleaba J.von Jauregg para el tratamiento de las parálisis cerebrales. De este modo constató que la fiebre producía una disminución meramente sintomática de la agitación y la ansiedad, aunque solo durante los abscesos de fiebre.

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