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  • Mayo/Junio 2011Nº 48
Encefaloscopio

Neurociencia

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No sin mi madre

El vínculo maternal da forma a decisiones y estados de ánimo.

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Los fuertes lazos emotivos entre madres e hijos aumentan la disposición de los niños a explorar el mundo. Un efecto que se ha observado en humanos, monos e incluso en arañas. Cuanta mayor seguridad tenemos en nuestro vínculo con mamá, más proclives somos a ensayar cosas nuevas y a asumir riesgos, efecto que perdura hasta la edad adulta. La mera evocación de una caricia de la madre o su voz por teléfono bastan para cambiar el estado de ánimo y las opiniones de los hijos; también afecta en forma mensurable las decisiones de los vástagos.

En un estudio publicado en línea en ­Psychological Science, un grupo de estudiantes de economía debía elegir entre apostar sobre seguro o arriesgarse en opciones inciertas, por ejemplo, entre bonos con una rentabilidad anual garantizada del cuatro por ciento o una participación en acciones con retornos mucho más fluctuantes. En la mitad de los casos, los experimentadores dieron a los participantes una palmadita en el hombro de un segundo de duración al tiempo que les proporcionaban verbalmente instrucciones para la prueba. Los estudiantes de uno y otro sexo tocados por una experimentadora eligieron con mucha mayor frecuencia la opción más arriesgada, en comparación con aquellos alentados por un hombre o quienes no contaron con tal aliento en absoluto. El contacto alentador de una mujer pudo evocar asociaciones afectivas muy tempranas, inspirando la misma disposición por explorar que la que se observa en los niños pequeños cuyas madres son afectuosas, según explica Jonathan Levav, profesor de economía en la Universidad de Columbia y autor del estudio.

Para confirmar que el contacto femenino vincula sentimientos de seguridad con la adopción de riesgos, se pidió a un grupo distinto de estudiantes que efectuasen decisiones financieras después de realizar un ejercicio escrito. Una mitad de los probandos debía redactar experiencias en las que se sintieron seguros y respaldados, mientras que la otra mitad de los participantes debía escribir sobre momentos de soledad e indecisión. La evocación de sentimientos de inseguridad tornó a los estudiantes del segundo grupo receptivos a los toquecitos alentadores de las experimentadoras y les dispuso mucho más a asumir un riesgo, al igual que un niño que participa en una excursión escolar puede buscar el abrazo tranquilizador de su madre antes de subir al autobús.

Sin embargo, no es el contacto físico la única fuente de confortación materna. En un estudio publicado también en línea en Proceedings of the Royal Society B, investigadoras de la Universidad de Wisconsin-Madison estresaron a un grupo de niñas de siete a doce años: les exigieron que realizasen ejercicios de matemáticas y que hablasen en público. Después, algunas niñas se reunieron con su madre; otras solo pudieron hablar con ella por teléfono. Las últimas liberaron iguales dosis de oxitocina, la hormona que induce vínculos sociales, que aquellas abrazadas por mamá. Ambos grupos presentaban similares niveles bajos de cortisol (hormona del estrés), lo que podría explicar por qué tantas personas, sean jóvenes o adultas, llaman a su madre cuando se sienten tristes.

«Se trata de un fenómeno con carácter muy fundamental», afirma Levav. «En el fondo, se reduce a que nuestra madre fue la primera en abrazarnos.» Los efectos de ese vínculo perduran.

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