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1 de Julio de 2018
Psiquiatría

Contra la psiquiatría

En los años setenta y ochenta del siglo xx, los activistas de la antipsiquiatría se opusieron a las condiciones de los centros psiquiátricos y cuestionaron la visión que se tenía de los trastornos mentales. ¿Qué queda de aquel movimiento?

En los años setenta, la crítica a la psiquiatría se convirtió en un éxito cinematográfico. En la película Alguien voló sobre el nido del cuco (1975), el protagonista, interpretado por Jack Nicholson, se revela contra las condiciones de los centros psiquiátricos. [GETTY IMAGES / REPUBLIC PICTURES]

En síntesis

El término antipsiquiatría celebró en el año pasado su 50 aniversario. En 1967, el psiquiatra marxista David Cooper utilizó por primera vez este término. Cooper veía en las personas con enfermedad psíquica a revolucionarios frustrados contra un sistema compulsivo que hace enfermar.

El movimiento antipsiquiátrico de los años setenta y ochenta criticaba las condiciones de los pacientes en los centros psiquiátricos, pero también se posicionaba en contra de la institución hasta el punto de cuestionar la existencia de trastornos mentales. Pero las ideologías y los propósitos de sus militantes se diferenciaban a menudo.

Todavía hoy existen grupos antipsiquiátricos en diferentes países que organizan acciones para llamar la atención de la población. Sin embargo, es probable que su lenguaje radical desaliente a las personas que simpatizan con sus peticiones.

¿Qué ocurre cuando una persona mentalmente sana aterriza en un centro psiquiátrico? Para responder a esta pregunta, en 1969 el psicólogo estadounidense David Rosenhan (1929-2012) llevó a cabo un intrépido experimento consigo mismo: junto con otras siete personas completamente sanas, la mayoría de ellas también profesionales clínicos, se presentaron en hospitales psiquiátricos. Los supuestos pacientes explicaron que oían voces en su cabeza que, de manera aleatoria, decían palabras como «vacío», «hueco» o «batacazo». Por lo demás, Rosenhan y sus compañeros se ciñeron a la verdad. Sin embargo, todos, sin excepción, fueron internados; algunos de ellos recibieron tratamiento durante muchas semanas, aunque indicaran desde su hospitalización que los síntomas habían desaparecido de repente. Se prescribieron cerca de 2100 pastillas para los ocho supuestos enfermos. Mientras que muchos de los otros pacientes del hospital descubrieron el engaño rápidamente, los médicos no sospecharon nada hasta el final. La conclusión de Rosenhan: los psiquiatras carecían de un procedimiento válido para diagnosticar enfermedades mentales. ¿Era todo un embuste?

En 1973, la revista Science publicó el estudio, que causó gran revuelo. Pero muchos colegas de Rosenhan calificaron los hallazgos de poco relevantes, pues otras especialidades médicas también habían fracasado ante este tipo de montajes de investigación. Con todo, el artículo abrió un animado debate sobre el sentido de la psiquiatría institucional: ¿Bajo qué criterios clasifican los clínicos a sus pacientes en «sanos» y «enfermos»? ¿Se puede considerar el internamiento en un hospital psiquiátrico durante semanas un método terapéutico útil? ¿Es lícito que los médicos administren fármacos con numerosos efectos secundarios a sus pacientes en contra de su voluntad?

Para responder a las críticas, la Asociación Americana de Psiquiatría presentó en 1980 una edición revisada del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM), que incluía criterios precisos y un listado de pruebas y test para cada enfermedad mental. Sin embargo, para algunos este intento de reforma distaba mucho de ser suficiente. De hecho, ponían en entredicho a la psiquiatría como institución. Con frecuencia, los activistas se remitían al filósofo Michel Foucault (1926-1984). En 1961 argumentó en su libro Locura y sociedad que la psiquiatría occidental intentaba, una y otra vez, a lo largo de los siglos «encerrar» la locura, pero no para curar a los pacientes, sino para someterlos de nuevo a los conceptos morales burgueses.

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