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  • Mente y Cerebro
  • Julio/Agosto 2018Nº 91
Libros

Reseña

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El problema cuerpo-mente

Consideraciones desde el cerebro.

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ECOLOGY OF THE BRAIN
THE PHENOMENOLOGY AND BIOLOGY OF THE ­EMBODIED MIND
Por Thomas Fuchs
Oxford University Press, Oxford, 2018

Abramos el libro que abramos sobre el problema cuerpo-mente, nos encontraremos que se inscribirá, de forma necesaria, en una opción del trilema siguiente: los fenómenos mentales no son físicos, los fenómenos mentales son causalmente eficaces en la esfera de los fenómenos físicos; la esfera de los fenómenos físicos está causalmente cerrada, lo que significa que para cada acontecimiento físico p hay una causa física suficiente q. En Ecology of the brain, Thomas Fuchs arriba a la conclusión de que el cerebro no genera la mente como si se tratara de una glándula que produce sus secreciones, sino que interviene como mediador en mis relaciones corporales, emocionales y mentales con el mundo. En pocas palabras, no sería el cerebro, sino el ser humano, el que siente, piensa y actúa.

La neurociencia se va dotando de medios —teóricos y técnicos— cada vez más potentes para aproximarse al cerebro y a su actividad durante los procesos mentales de una manera cada vez más fina; vale decir, para acotar los correlatos neuronales de la consciencia y la subjetividad, que nos permitan explicarlas en términos neurobiológicos. Algunos incluso buscan la localización cerebral de la mente, visualizarla con las técnicas de formación de imágenes. Para ello, percibir, sentir, pensar y planificar ocurrirían en lugares específicos, observables in vivo mediante la iluminación, codificada en color, de las estructuras cerebrales.

No cabe duda de que la neurobiología ha aportado información muy valiosa sobre los fundamentos biológicos de la conducta humana y nos revela los mecanismos subyacentes a su desenvolvimiento en la vida diaria. Somos seres que toman decisiones basadas en nuestros genes, hormonas y neuronas. Llevada a sus extremos, la neurociencia puede también poner en cuestión la autoría consciente de nuestras propias acciones, arrojando dudas sobre si tenemos o no el control de nuestra vida. Hay quien sostiene que la voluntad libre emerge muy avanzado el proceso neuronal subyacente a las decisiones que ya están en marcha. En este escenario, el cerebro nos deja una sensación de dominio y autocontrol, cuando la verdad es que las neuronas han tomado ya la decisión a nuestra costa. Algunos neurocientíficos y neurofilósofos llegan a la misma conclusión sobre el funcionamiento de la consciencia: refleja solo los mecanismos de información neuronal de cuyo proceso no nos percatamos en principio. La maquinaria cerebral que actúa en el trasfondo produciría la ilusión de un yo permanente.

El reduccionismo científico separa al sujeto de lo que este reconoce. Nos segrega del mundo. El fenómeno primario de la sensación de calor consiste en una relación de nuestro cuerpo con el entorno (el aire, el sol o un material caliente); el color requiere el contacto del ojo con un objeto; el gusto surge cuando la lengua toca los alimentos. Esas relaciones nos llevan a las cualidades reales de las cosas y se reinterpretan como estados mentales internos. Son movimientos de las partículas, ondas de luz y reacciones químicas. El reduccionismo extremo tiende a una interpretación física de la propia experiencia subjetiva y la consciencia humana.

La realidad fenoménica debería entenderse como un reflejo interno, una construcción del mundo exterior por medio de procesos neuronales. El supuesto fundamental del neuroconstructivismo es que existe una realidad externa que nos viene dada a través de la representación de la misma en nuestra mente. Ese supuesto fundamental de una mente interna separada de una realidad externa es cuestionada por los defensores de la cognición corpórea y la cognición enactiva. Desde un punto de vista enactivo, la realidad no es algo predeterminado y externo, sino que es algo que se encuentra en la interacción sensoriomotora con el entorno.

La percepción, sostiene Fuchs, no sería tanto una representación, modelo o constructo interno, cuanto una relación activa de un sujeto corpóreo con su entorno. Cuando percibimos, no estamos encerrados en un cráneo para contemplar imágenes del mundo exterior, sino que interaccionamos con el mundo como seres corpóreos, que coexisten con los objetos y con otras personas en un espacio compartido. La percepción humana se basa en la interacción en un doble nivel. En primer lugar, de acuerdo con el enfoque enactivo, los humanos no suelen recibir pasivamente la información procedente del entorno que luego traducen en representaciones internas. Antes bien, construyen (de ahí el significado de enactivo) su mundo a través de un proceso de formación de sentido: buscan de manera activa claves relevantes en el entorno (mediante los movimientos de los ojos, el roce de una superficie, etcétera). En otras palabras, creamos una propia experiencia del mundo a través de la interacción sensoriomotora y enfrentamiento corpóreo con el entorno. En segundo nivel, a través de las interacciones sociales y la relación implícita con otros humanos, el hombre es capaz de trascender su perspectiva primaria para acceder a una realidad compartida, objetiva. En el primer nivel, la interacción sensoriomotora del cuerpo en movimiento con el ambiente implica un cambio constante de perspectiva que relativiza la relación transitoria del organismo con su entorno: cada percepción se enriquece por una historia de percepciones anteriores y un horizonte de posibles interacciones con el objeto en el futuro. En el segundo nivel, la interacción social con los demás implica una referencia compartida con los objetos, así como el contraste y la alineación de perspectivas que ayuda a superar una visión del mundo centrada exclusivamente en el sujeto.

En su famoso ensayo ¿Qué es ser eso de un murciélago?, Thomas Nagel exponía las razones de la resistencia de la experiencia subjetiva a una completa objetivación. Aun cuando fuéramos capaces de describir neurofisiológicamente los procesos y la conducta de un murciélago, no tendríamos ni la más remota idea de qué experimenta o de cómo se siente el mamífero cuando sufre dolor o un ultrasonido, dicho de otro modo: «¿Qué se siente al ser murciélago?» Para Fuchs, resulta absurda la idea de una subjetividad reducida a procesos neuronales. La experiencia, la intencionalidad y la integración del tiempo no pueden explicarse solo con una descripción de correlaciones fisiológicas. La consciencia no sería producto aislado del cerebro, mucho menos de la corteza, sino que tendría por base al organismo entero. La concentración unidireccional de las neurociencias sobre las funciones cognitivas podría dar la impresión de que el cuerpo sería mero portador del cerebro. Pero la funcionalidad del cerebro no termina en el tallo cerebral, sino que se extiende por la cuerda espinal, el sistema nervioso sensorial y los circuitos funcionales neuroendocrinos. En pocas palabras, la consciencia sería la integración del bucle funcional siempre renovado entre organismo y entorno.

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