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Actualidad científica

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  • Mente y Cerebro
  • Julio/Agosto 2018Nº 91

Psicología

La atracción de los rostros adorables

Tras unos 75 años del descubrimiento del denominado esquema del bebé, los investigadores indagan qué sucede en el cerebro cuando algo nos parece adorable.

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Un chiste ya viejo sobre el teléfono móvil inteligente e Internet decía: «Tengo un dispositivo en mi bolsillo con el que puedo acceder a todo el conocimiento de la humanidad, pero lo utilizo para discutir con personas que no conozco y para ver fotografías de gatos.» También el fabricante de alimentos para animales Friskies afirmaba en 2013 que había comprobado a través de una encuesta que el 15 por ciento del volumen total de datos que circulan por la Red están relacionados con la transmisión de imágenes y vídeos en los que aparecen gatos. Aunque esta cifra resulta exagerada, la preferencia por mirar imágenes de cachorros y bebés en Internet podría encajar con muchos usuarios. ¿Por qué?

La razón por la que a la mayoría de las personas les resulta agradable contemplar a juguetones felinos domésticos y a otros animales de cuatro patas tiene una rápida explicación: los cachorros nos resultan, sencillamente, ado­rables. Pero ¿qué significa en concreto que encontremos algo adorable? Y ¿por qué existe este sentimiento?

En 1943, el famoso etólogo Konrad Lorenz (1903-1989) describió el denominado esquema del bebé (Kindchenschema). Se trata de la combinación de unas características determinadas que sirven a los humanos y a otros mamíferos (además de a otras especies animales) como método de atracción. Esta estrategia innata estimula a que los adultos se ocupen de su descendencia. Lorenz observó que su hija, cuando solo tenía un año y medio de vida, tomó su primera muñeca en brazos «con un refinamiento y una seguridad total» y la apretó contra sí «como únicamente estamos acostumbrados a verlo en una primera ejecución en los movimientos instintivos de los animales», describía.

El esquema del bebé se compone, según explica este investigador de la conducta, de los siguientes «ingredientes»: una cabeza de tamaño desproporcionado y con una frente alta y arqueada, ojos grandes y redondos, mejillas carnosas, extremidades cortas y gruesas y, en conjunto, formas corporales redondeadas. A ello se suma una «textura superficial blanda y elástica». Lorenz podría haber añadido esta última propiedad porque su segunda hija, cuando era pequeña, lo primero de lo que se ocupó con entrega maternal no fue de una muñeca, sino de un ovillo de lana.

Desde los descubrimientos de Lorenz, los investigadores han hallado más propiedades que ponen en marcha el reflejo de cuidar en los humanos: la risa de un bebé, su olor o su conducta torpe y poco hábil. El actual objetivo de los científicos es averiguar, mediante técnicas de neuroimagen y otros métodos de investigación, cómo el esquema del bebé funciona en el cerebro.

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