Escalofrío musical

Al oír algunas piezas sentimos un estremecimiento o escalofrío automático. ¿Qué propiedades reúnen las composiciones que provocan esas sensaciones intensas?

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En síntesis

Un oyente conocedor de una obra musical, sentirá «escalofríos» ante la inminencia de la música. Es una conducta condicionada de estímulo-respuesta.

Por lo general, las personas proclives a estos escalofríos muestran un umbral bajo de estímulo en su vivencia emocional: se emocionan con facilidad.

Si bien la personalidad de los oyentes influye en la reacción ante la música que escuchan, también lo hacen ciertas condiciones ambientales.

Tarde de Viernes Santo. Concierto coral en la catedral de Friburgo. En el programa, la Pasión según San Mateo de Juan Sebastián Bach (1685-1750). En una escena conmovedora, después del interrogatorio del Sumo Sacerdote, Pilatos muestra a Jesús ante la multitud y pregunta: «¿A quién queréis que os entregue? ¿A Barrabás o a Jesús, del que se dice que es el Cristo?». El grito de la muchedumbre: «¡A Barrabás!», parte el alma del oyente. Bach empleó aquí un acorde disonante del coro y la orquesta, súbito, muy fuerte e inesperado; un auténtico puñetazo musical en el rostro. De ese escalofrío no se libran ni los oyentes modernos experimentados.

Tocar música y escucharla representan, según las encuestas, las principales ocupaciones de los alemanes en su tiempo libre. Una opción que no ha merecido el interés de los investigadores. Los psicólogos suponen que el atractivo especial de las melodías y armonías reside en su capacidad para producir en nosotros emociones intensas; por ejemplo, el escalofrío que nos recorre en ese pasaje de la Pasión según San Mateo [véase «Emociones musicales», por Sandrine Vieillard, en este mismo número].

¿A qué nos referimos cuando hablamos de emociones? Los investigadores del comportamiento incluyen en ese grupo las reacciones ante los estímulos, que evaluamos de un modo determinado. En el caso de la Pasión según San Mateo significa lo siguiente: el estímulo es la señal acústica, la reacción del erizarse instintivo del vello corporal —un reflejo provocado por el sistema nervioso autónomo— que nos hace conscientes de nuestro estremecimiento. La evaluación del estímulo podría ser terror por el súbito volumen o, quizá, compasión por la condena a muerte de un inocente.

Intervienen también ciertas condiciones ambientales. En una representación aburrida, nadie se conmoverá. Por otro lado, un oyente experimentado y conocedor de la obra en cuestión, que suele estremecerse en cierto momento musical, sentirá escalofríos ya ante la inminencia del pasaje. Se trata de un ejemplo de libro del comportamiento condicionado de estímulo-respuesta.

Podemos acudir al fenómeno del estremecimiento para comprender la experiencia subjetiva de la audición musical. Una vivencia tan intensa, que dispara las reacciones del sistema nervioso autónomo, ha impuesto el concepto de «escalofrío» o «estremecimiento» (chill).

Sistema de señales evolutivo

Desde hace unos años venimos estudiando en el Instituto de Fisiología Musical de Hannover qué música, por qué músicos y bajo qué condiciones provoca escalofríos. El punto de partida fue una idea de Jaak Panksepp, de la Universidad Estatal de Bowling Green. Este investigador de las emociones basaba semejante conmoción en un sistema biológico de señales, muy enraizado en el curso de la evolución. Lo despliegan ciertos primates: cuando madre e hijo pierden el contacto visual, el grito materno de la separación lleva a una reacción típica en la cría. La piel, turgente, mantiene caliente al bebé. Aplicado a los humanos, determinados modelos acústicos deberían provocar, por tanto, escalofríos en todos nosotros, independientemente del bagaje cultural. Con otras palabras, los autores buscábamos una «música-escalofrío» universal.

Desde los años cincuenta del siglo pasado, los psicólogos conocen las sorpresas musicales, y la alternancia de tensión y distensión, como componentes esenciales de la vivencia emocional que acompaña a la audición musical. Para descubrir las cualidades «escalofriantes» básicas de las composiciones, debíamos, sin embargo, considerar también el curso temporal de las reacciones.

Con ese propósito, diseñamos un experimento. En su desarrollo, los voluntarios, mientras escuchaban música, se percataban de su estado emocional. Debían indicar en la pantalla de un ordenador, en un sistema de coordenadas, cuánto les gustaba la música que sonaba en ese momento y si sentían la pieza como excitante o relajante. Señalaban las vivencias escalofriantes pulsando un botón del ratón. Además, registramos diferentes parámetros fisiológicos: conductividad dérmica de la mano, actividad de los músculos faciales (de interés para la expresión mímica de sensaciones), tasa respiratoria, temperatura de la piel y ritmo cardiaco.

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