Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y facilitarte el uso de la web mediante el análisis de tus preferencias de navegación. También compartimos la información sobre el tráfico por nuestra web a los medios sociales y de publicidad con los que colaboramos. Si continúas navegando, consideramos que aceptas nuestra Política de cookies .

1 de Enero de 2014
Reseña

Filosofía de la mente

Una explicación actualizada del dualismo.

MIND, BRAIN, AND FREE WILL
Por Richard Swinburne. Oxford University Press, Oxford, 2013.

De una forma u otra, el dualismo en la concepción del ser humano ha existido desde la filosofía clásica hasta mediados los cincuenta del siglo pasado. A tenor del mismo, mente y cerebro, espíritu y materia, son categorías ontológicamente distintas e irreductibles entre sí. Debe su conceptualización moderna a René Descartes, quien distingue entre una sustancia corpórea y una sustancia espiritual. Richard Swinburne bracea aquí contra corriente. Se trata, sin duda, del mayor esfuerzo que conocemos sobre el asentamiento científico y filosófico de la tesis dualista. Expuesto con un rigor y una profundidad que impide una lectura apresurada, demanda del lector una formación por encima de la media. Defiende el dualismo de sustancias (la teoría de que los humanos constan de una parte corporal y otra espiritual o mental) y presenta un alegato en pro de la libertad (los humanos poseen cierta libertad de escoger entre opciones alternativas, con independencia de las causas que influyan en ellas).

A finales de los años cincuenta entró en psicología la teoría de la identidad. Postulaba que los estados mentales no eran más que procesos biológicos del cerebro. Es decir, estados mentales y procesos cerebrales serían lo mismo. La teoría de la identidad identificaba tipos psicológicos (propiedades, clases) con tipos físicos (propiedades, clases).

A lo largo de los últimos veinte años, la irrupción de la neurociencia ha transformado nuestra forma de entender el aprendizaje, la toma de decisiones, el yo o las vinculaciones sociales. Ello ha obligado a la filosofía a replantearse, con nuevos enfoques y nuevas bases, temas capitales de su acervo conceptual, desde la mente hasta la responsabilidad moral pasando por el libre albedrío. Suele decirse, con acierto dispar, que ello ha corrido parejo con una retirada de la filosofía que habría venido cediendo espacios a las ciencias experimentales; en un principio a la cosmología, química, biología o física y, en fechas más cercanas a la genética, la neurología y la etología. En concreto, la mente, antaño territorio acotado de la filosofía y la psicología especulativa, habría pasado al ámbito neurocientífico.

Pero la expansión de una ciencia experimental no tiene por qué desalojar del campo a la reflexión filosófica rigurosa. No solo no la excluye, sino que a veces se requiere su presencia. Desde distintos enfoques, Thomas Nagel, Colin McGinn, Jerry Fodor, Noam Chomsky, Roger Penrose y otros muchos, por citar científicos y filósofos de diversa procedencia, reconocen que la ciencia no posee siquiera una ligera idea de cómo emergen, a partir de un cerebro material, la conciencia y su inseparable socio el libre albedrío. Ningún ordenador del tipo de los que hoy sabemos construir está capacitado para cruzar el umbral que le haría consciente de lo que está ejecutando. Ningún programa de ajedrez, por avanzado que sea, sabrá nunca que está jugando al ajedrez. Los ordenadores más potentes de nuestro tiempo solo difieren del ábaco en su capacidad para obedecer algoritmos más complicados, para machacar unos y ceros a velocidades increíbles. Aunque nuestro ADN es casi idéntico al de un chimpancé, no hay forma de enseñarle cálculo al primate, ni hacerle entender la raíz cuadrada de 2. Por lo que parece, hay verdades tan alejadas de nuestro alcance cuan distante se halla de nosotros la capacidad de un bovino. El problema irresoluble es cómo explicar la existencia de los qualia. Noam Chomsky distingue entre problemas que parecen solubles, al menos en principio, a través de métodos científicos, y misterios, que no parecen resolubles, ni siquiera en línea de principio. Señala que las capacidades cognitivas de todos los organismos están limitadas por la biología; así un ratón no podrá nunca hablar como un humano; de igual modo, ciertos problemas se hallan más allá de nuestra comprensión.

Swinburne comienza por analizar los criterios para que un fenómeno (llamado también evento en ese contexto) o sustancia sean otro fenómeno o sustancia, es decir, idénticos; revisa los criterios para que un objeto sea metafísicamente posible y criba los parámetros para admitir que tales cuestiones sean racionales o estén justificadas. Tras detallar los criterios, razona que los fenómenos mentales son distintos de los fenómenos físicos, lo que no excluye una mutua interacción. En su opinión, la neurociencia no aporta ningún contraejemplo que desmienta la interacción. Cita, por botón de muestra, los famosos experimentos de Benjamín Libet sobre el libre albedrío.

Distingue entre sustancias (electrones, planetas, casas), propiedades (masa, color) y fenómenos. Un criterio riguroso de identidad nos permitirá responder a la cuestión sobre si los fenómenos mentales son lo mismo que los fenómenos cerebrales y si yo soy lo mismo que mi cuerpo. La identidad de sustancias en el curso del tiempo es un asunto relacionado con el ámbito en que existe continuidad entre sustancias con respecto a las propiedades que poseen y tal vez de algo más que las propiedades. Para que una sustancia S2 en un tiempo t2 sea la misma sustancia que S1 en un tiempo anterior t1, deben satisfacerse dos tipos de criterios. En primer lugar, que las dos sustancias pertenezcan a la clase mínima esencial. (La clase mínima esencial a la que una sustancia pertenece es la clase que consta de todas las propiedades esenciales de una clase que dicha sustancia debe tener para poder continuar existiendo.) La segunda exigencia para que una sustancia sea en un tiempo determinado la misma que una sustancia un tiempo posterior es que las dos sustancias consten de las mismas partes o de partes obtenidas mediante la sustitución gradual de las partes de la primera sustancia.

Existe una obvia distinción entre fenómenos físicos (incluidos los cerebrales) y fenómenos mentales. A los segundos el sujeto que los experimenta posee un acceso privilegiado, es decir, una forma de conocerlos que no está al alcance de los demás. Entre los fenómenos mentales se numeran los fenómenos puramente mentales, que se suponen sin mezcla de fenómeno físico alguno: creencias, pensamientos, intenciones, deseos. Porque el sujeto suele ser conscien-
te de ellos se les llama fenómenos conscientes. Para la tesis denominada fisicalista, los únicos fenómenos genuinos son los físicos. Los propios fenómenos mentales serían cerebrales. El fisicalismo filosófico empezó en las postrimerías de los años cincuenta del siglo pasado con la obra de U. T. Place. Fue ulteriormente desarrollado por J. J. Smart. Estos filósofos abogaban por una identidad tipo-a tipo, la idea de que las propiedades mentales se reducían a propiedades físicas.

Muy pronto, sin embargo, esa tesis de la identidad tuvo que enfrentarse al problema de la realización múltiple, a saber, que un mismo tipo de fenómeno mental (dolor, por ejemplo) guardaba correlación con diferentes tipos de fenómenos cerebrales en distintos organismos. Por eso, los fisicalistas no tardaron en preferir la tesis, más moderada, de que los episodios mentales supervienen a los acontecimientos físicos.

La forma natural de esa teoría se llama funcionalismo, según lo defendió Hilary Putnam en 1975, aunque se remonta al mismo Aristóteles. El funcionalismo sostiene que las propiedades mentales cumplen determinada función en el sujeto y tienen causas y efectos dentro o fuera del cerebro. La mente se realiza en el cerebro lo mismo que un software en un hardware. Al asentar la psicología en la biología, se pretende liberar la psicología de las tradicionales preocupaciones metafísicas que afectan a la mente y su relación con el cuerpo. Pero no todos se muestran cómodos en esa postura. Al caracterizar los fenómenos mentales en referencia a posibles estímulos y reacciones, el funcionalismo deja sin abordar las dimensiones cualitativas. Thomas Nagel, Frank Jackson, David Chalmers y otros han sostenido que todo relato de la mente debe incluir cualidades mentales no materiales, exhibidas en la conciencia.

Se recurre a veces al tecnicismo superveniencia para expresar cierta relación de dependencia de lo mental respecto de lo físico. Un conjunto de propiedades se dice superviniente sobre un segundo conjunto cuando ambos tipos de propiedades se hallan tan estrechamente relacionadas, que no cabe diferencia en las primeras sin que acontezca una diferencia en las segundas. El concepto de superveniencia se utiliza en diversos campos. Así, de las propiedades biológicas se dice que supervienen plausiblemente sobre las químicas, las propiedades mentales sobre las físico-químicas. El término fue analizado ya en 1984 por R. M. Hare para describir la forma en que las propiedades éticas se relacionan con otras psicológicas y naturales. Las propiedades de una clase, F, supervienen sobre las de otra clase, G, cuando las cosas son F en virtud de ser G. Una persona no puede ser simplemente buena, sino que tiene que ser buena en virtud de poseer otras propiedades, tales como arrojo y amabilidad.

Los ensayos para determinar si los fenómenos mentales repercuten en los cerebrales siguen la senda abierta por Benjamín Libet. Se instruía a los voluntarios para que movieran la mano en el momento de su decisión. Mientras realizaban el ensayo contemplaban un reloj y declaraban luego en qué momento tuvieron la intención de mover la mano, en promedio unos 200 milisegundos antes del inicio de la actividad muscular desencadenante del movimiento de la mano. Sin embargo, los electrodos instalados en el cuero cabelludo registraban (en cada episodio de movimiento de la mano) la constitución de un potencial de disponibilidad, que era una prueba de un tipo particular de fenómeno cerebral (llamémosle B1), que ocurría, en promedio, 550 milisegundos antes de la actividad muscular. Los experimentos de otro tipo, sostenía Libet, mostraban que los sujetos informaban del tiempo de las sensaciones como produciéndose 50 milisegundos antes del tiempo de los fenómenos cerebrales que las causaban. Ello condujo a Libet a sostener que los sujetos enjuician mal el tiempo de los fenómenos conscientes en 50 milisegundos. Llegó así a la conclusión de que, en promedio, la «intención» aparecía 150 milisegundos antes de la actividad muscular y 400 milisegundos después de B1. Ello mostraría que B1 causaba el movimiento de la mano y que la intención era un epifenómeno. Swinburne objeta las limitaciones y las conclusiones de los experimentos de Libet.

 

Artículos relacionados

Puedes obtener el artículo en...

Los boletines de Investigación y Ciencia

Elige qué contenidos quieres recibir.